“Trueque”, de Fernando Veglia

Uniendo el norte con el sur de Egipto, Menfis desafiaba al tiempo protegida por su muralla blanca y el dios Ptah. Hogar del Faraón, albergaba el palacio, templos, mercados bulliciosos y barrios laberínticos. Fuera de los muros, estaban las grandes necrópolis y las colosales pirámides.

Sus calles bullían de actividades y oportunidades, de voces ofreciendo productos locales y exóticos, de viajeros boquiabiertos, del aroma de las especias y del sudor del trabajo. La guardia perseguía a los ladronzuelos, los escribas lo anotaban todo, los aprendices asistían a la Casa de la Vida y los sacerdotes oraban a los dioses, pidiendo el favor del Nilo.

Sennefer era constructor. A pesar de que era joven y vigoroso, no tenía esposa. Postergaba el casamiento y la paternidad, con tal de abocarse en sus labores. Estaba construyendo varias tumbas y, al mismo tiempo y sin esperarlo, el Faraón había requerido sus servicios; deseaba hacer modificaciones en el palacio. Su carrera estaba en auge y pretendía destacarse, cumplir con sus clientes, sorprenderlos.

Sólo otra obsesión lo arrancaba del mundo de los andamios, los materiales y los obreros: las aves. Su hogar, amplio y cercano a varios templos, tenía un jardín con pequeños estanques, destinado a gansos, patos, codornices, cigüeñas y, aunque los sacerdotes lo desaprobaban, ibis sagrados. Destacaba en el centro, rodeada de plantas florales y arbustos tupidos, una jaula de finas maderas, tan grande como la mejor chabola de un campesino, habitada por cientos de pájaros.

En el interior de su vivienda, en una sala de la planta alta, lejos de las miradas censoras de la religión y de los curiosos, tenía un búho enjaulado y una jaula vacía, recordándole que deseaba un halcón, la representación de Horus. Tentó a varios cazadores, ofreciéndoles una cuantiosa suma, pero ninguno cumplió; el castigo era más persuasivo que el oro.

La limpieza y alimentación de tantas aves demandó la atención de Kakat y Ahmose, sus esclavas. La primera era una mujer madura, un regalo de sus padres. Era robusta, de pocas y precisas palabras, conocía a su amo desde que era un niño y tenía el privilegio de dormir en una habitación individual. La segunda era joven, fibrosa y delgada, de tez morena y mirada melancólica. La compró para que ayudase a Kakat y, a falta de amantes, para gozar de su cuerpo.

También poseía a Yuti, un joven nubio. Capturado siendo niño, durante una incursión del ejército en el sur, fue comprado por un esclavista. Bien alimentado, adiestrado en los modales, la escritura y la lectura, alcanzó la madurez y fue ofrecido a clientes acaudalados. Sennefer no lo dudó, necesitaba un esclavo capaz de seguirlo a todas partes, de realizar anotaciones y ciertas tareas secundarias de su oficio. Resultó de tanta utilidad que no le importó compartir a Ahmose.

A los ojos de muchos esclavos, Yuti era un favorecido por los dioses. Tenía techo, comida, compañera, aunque fuese circunstancial, y gozaba de la generosa estima de su amo. Pero los deseos del nubio estaban lejos, en su tierra natal, en los recuerdos imborrables de la niñez, de una tribu numerosa y de palabras paternas. Quería regresar a Nubia, buscar a los suyos, y pensaba utilizar el afán de Sennefer, por las aves, para lograrlo.

El atardecer rozaba Menfis. Perezoso, descendía por las pirámides como una marea dorada, avanzaba a paso firme sobre templos, edificios públicos, el palacio y la muralla, y envolvía, en una carrera alocada, viviendas y mercados.

Las patrullas comenzaban a prepararse para el acostumbrado rondín nocturno y los puestos de guardia eran reforzados. Campesinos, obreros y mercaderes retornaban a la seguridad del hogar, formando hileras de cansancio, manos callosas, pies sucios, chismorreos y promesas. Las primeras antorchas eran encendidas y, a grito pelado, los soldados anunciaban el cierre de las puertas. En breve, nadie entraría ni saldría de la ciudad.

La preocupación tenía a Ahmose en vilo. Prendida de la hendija del portón, observaba una interminable muchedumbre atravesando la callejuela, e indagaba en cada rostro oscuro buscando a Yuti. Kakat la acompañaba, intentaba convencerla de retomar sus labores, de no aumentar el disgusto del amo. A la mañana, el nubio partió hacia las minas, debía llevar varios listados de materiales, un mero trámite burocrático, y nunca regresó.

Sennefer ardía de furia. Un hormigueo insistente, en medio de su pecho, gritaba que había sido traicionado. Aislado en la planta alta, observaba a su búho y pensaba en el destino que daría al esclavo rebelde. Varios amigos le habían advertido que era muy condescendiente con el nubio, pero no le importó. Argumentaba que era mejor así, que las libertades lo hacían más obediente. Ahora sería el hazmerreír, tenían razón. Pensó en hacerlo azotar, magullarle los pies a mazazos, encerrarlo varios días o fracturarle una pierna. Aunque reconocía que dañarlo no le servía de nada, era un derroche de tiempo, un atraso en sus quehaceres, evitaría otra rebeldía.

Dos golpes secos hicieron vibrar el portón, sobresaltando los corazones de Ahmose y Kakat. Era Yuti, cargaba un bulto cilíndrico cubierto con una tela. El cansancio había dejado huellas en su rostro y el polvo, adherido a su vestimenta, las marcas de una larga caminata por el desierto. Evitó el calor de un abrazo y una reprimenda, dejando al descubierto el contenido del bulto: un halcón enjaulado. Y continuó su marcha ciega, buscaba a Sennefer.

—¿Qué te sucede? ¿Estás loco? El amo te castigará, no tendrás a donde ir. Nos separará — gritó Ahmose, desairada y sorprendida, siguiéndolo con mirada húmeda.

—¿No lo comprendes, verdad? —preguntó Kakat, observando con profunda tristeza a la muchacha— Trocará su libertad por la del halcón… —añadió, abrazándola maternalmente.

El llanto hizo del rostro de Ahmose una mueca dolorosa. Sosteniéndose de Kakat, apoyó su espalda contra el portón y, deslizándose hasta el suelo, gimió desgarrándose por dentro, provocando alarma y alboroto entre las aves del jaulón, y paralizando unos instantes al gentío de la callejuela.

Fernando Veglia

Del libro: “Crónica Animal”

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2 comentarios sobre ““Trueque”, de Fernando Veglia

  1. ¡Qué buena historia Fernando! La tensión va in crescendo a medida que deshojás la trama. Y cierra con un final que, si bien es esperado porque el título lo sugiere, el desconsuelo de Ahmose le da una dolorosa belleza.
    ¡Felicitaciones!

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