“Filandón”, de Francisco Villasante

A pesar de estar en paro y de no tener una sola entrevista desde hace meses, seguía cogiendo el metro a primera hora como siempre. No lo hacía por aparentar una falsa normalidad, sino por la necesidad de seguir siendo testigo de las conversaciones de unas señoras de la limpieza que siempre viajaban en grupo de camino a sus respectivos trabajos. No eran jóvenes inmigrantes latinas dirigiéndose al norte o al oeste de la ciudad y su extrarradio, sino mujeres que llevaban treinta años haciendo lo mismo, a veces en las mismas casas. Señoras locuaces con acento andaluz o extremeño que se disputaban el papel de narrador. Uno de los relatos que más le gustó fue el del prematuro de los años 60. “No era aquella época como la actual, en la que se sacan adelante a recién llegados de 500 gr.”, decía la narradora nada más arrancar el convoy, después de las carreras, no muy disimuladas, para coger asiento y que las menos afortunadas se pusieran de pie sujetas a la barra del techo, pegadas a las que habían acomodado con fruición su trasero, normalmente de dimensiones considerables. Había observado que en todos los casos la narradora estaba sentada, quizá porque es más fácil que el tránsito de las palabras sea hacia arriba dejándose transportar por el aire caliente del aliento relator. “Cuando yo tuve a mi niña eran otros tiempos. Pesaba menos de un kilo y nadie daba un duro por ella. Pero yo ya era obstinada y no perdía la ilusión. Me la entregaron demasiado pronto, aunque para mí casi fue una liberación porque ya no tenía que coger varias camionetas y viajar durante una hora y media para llegar al hospital. Al final conseguí sacarla para adelante, todos los cuidados eran pocos para mi niña. Durante tres meses, la tuve entre algodones, literalmente. Me dejé un dineral en algodón pues lo compraba todo en la farmacia, entonces yo me decía, mi niña va a ver más algodón que un negro de América del Norte. Yo creo que por eso me salió tan delicada, tanto que parece cristal de bohemia”. “Sí te ha salido muy juerguista”, sentenciaba otra con sorna. “Pues mi madre me contó”, empezaba a liberar palabras cual globos de colores llenos de helio la compañera de asiento como si fuera un escaño frente al hogar, “que mi hermano José Manuel murió a la edad de tres meses; dice mi madre que no fue el único, que murieron más de quince, entre niños y bebés, en todo el partido. Fue una epidemia causada por la ciencia, por la penicilina, que estaba en pruebas y necesitaba cobayas analfabetas y supersticiosas. ¿Quién iba a poder con el médico con su verdad de bata blanca y con el cura con su verdad de sotana negra? Fueron tiempos de blanco y negro, decía mi madre; una época bruna, de pan negro y de luto riguroso. La peor época, sobre todo, para las mujeres”

En otro encuentro, a primera hora de la mañana en el vagón, una nota de color se había sumado al esperado orfeón. Hablaba con todo el acento y desparpajo cubano. Todo era contoneo y destello de nácar caribeño entre sus gruesos labios acostumbrados a enamorar. Era una mujer bregada por la vida, que tenía como caparazón una sincera vitalidad acompañada de un innato atractivo que con la madurez se había reforzado. “Ayer me dijo mi niña de cuatro años que estaba muy preocupada: Mamá, mi profe me llama bombón porque soy negra. No, mi amor, lo hace porque eres muy dulce”, contaba enmarcando la anécdota con una ancha sonrisa que aclaraba su rostro, pero que no era capaz de empequeñecer sus expresivos ojos oscuros.

Todo cambia para permanecer. Cambiaron los días de la mano de las estaciones, aunque tengan vedada su entrada en las entrañas de la tierra donde solo la luz artificial puede competir con las tinieblas. Cambió su suerte y después de muchos meses encontró trabajo. En su casa fue todo un acontecimiento. Todos le miraban ahora como si fuera más responsable y más valioso cuando nada había cambiado en él. Aparentemente era un buen trabajo, una buena oportunidad. Hasta merecía la pena hacer un trayecto de cuarenta kilómetros para llegar a la sierra. Sólo le apenaba dejar de formar parte del filandón que todas la mañanas se organizaba al calor de unas mujeres que acarreaban con maridos, hijos, casas… y que lo hacían todo con una fortaleza llena de sabiduría, demostrando que el verdadero hogar, no está en las viejas cocinas de las perdidas casas solariegas; sino en palabras como brasas alimentadas por corazones de lumbre.

Francisco Villasante

Del libro: “Hábitat o El viaje subterráneo”

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