“Perro de guerra”, de Fernando Veglia

Los cimerios llevaron muerte y esclavitud a Lidia. Saquearon aldeas, quemaron algunos sembradíos, vaciaron graneros y acabaron con hombres y mujeres. Inconformes, atacaron Sardes, capital del reino, mataron al rey Giges y, sin más planes que destruir y pillar, arrasaron otras ciudades y abandonaron la región.

Tiempo después regresaron. Una vez más, causaron estragos y tomaron Sardes acabando con toda oposición. Parecía que nada podía hacer retroceder a su ejército, hábil en campo abierto, hábil para el saqueo, de formaciones cerradas, escudos impenetrables y lanzas filosas. Su fuerza garantizaba la ocupación indeterminada del territorio.

Los estrategas lidios, por años, buscaron el punto débil de los invasores. Ideaban tácticas para penetrar el muro de escudos cimerio, las probaban en sangrientas escaramuzas y fracasaban. Soportaban las derrotas porque, a costa de muchas vidas, impedían el avance enemigo. Pero Aliates, el rey, no estaba dispuesto a culminar el mandato con sus tierras ocupadas y exigía una solución inmediata.

Cuando comenzaron a suponer que los dioses los habían abandonado, que la guerra laceraría generaciones enteras, un pastor visitó el campamento militar, acompañado por su perro, y pidió hablar con un estratega, con cualquiera.

—¿Qué quieres? —preguntó un soldado veterano con fastidio, saliendo de una tienda y haciéndose pasar por estratega— Estamos atareados. No tenemos tiempo de perseguir ladrones de ovejas, anciano —protestó, mirándolo despectivamente y ganando la atención de los novatos.

—Defendí Sardes con la lanza hasta que cayó y debimos huir. En ese entonces, contaba con algo de vigor en los brazos. Allí, dejé dos hijos. Si viviesen, estarían a tus órdenes —interrumpió el pastor, dejándolo sin habla— Tengo una idea para desbaratar la formación de los cimerios. Puede funcionar, ¿te interesa escucharla?

—Sólo puedo escucharte unos instantes —respondió el veterano secamente. Mientras el grupo de novatos crecía y los rodeaba, estaban interesados en la conversación, algunos reían abiertamente.

—He visto enfrentamientos y todavía no vulneran sus formaciones, pero si utilizan las habilidades de un perro, de una jauría, las romperán y caerán bajo nuestras lanzas…

—¿Qué idiotez es esa? —interrumpió, arrancando una carcajada general— ¿Crees que una jauría pondrá en fuga a los soldados?

—Soy pastor y sé de lo que hablo —protestó el anciano— ¡Este perro me ayuda con el rebaño y lo defiende de fieras y hombres! —exclamó, señalando a su animal, un moloso adulto, de buen porte y aspecto— Una jauría bien adiestrada puede abrir una brecha en cualquier formación, no sabes de lo que son capaces…

—Vete de aquí, no te necesitamos —interrumpió el veterano— Y llévate a tu bestia, que apesta —remató, generando risas y burlas.

El pastor maldijo a los antepasados en pensamientos, tragó bronca mirando fijamente al militar y dio media vuelta. Caminaba despacio, seguido por su perro y las risotadas.

—¡Mañana querrás lanzar un ataque de ovejas! —le gritó el veterano, despertando una marea de carcajadas.

—¡Alto! —ordenó una voz gruesa, enmudeciéndolo todo. Era un estratega— Vuelve, anciano, te necesitamos. Usted —dijo, mirando al veterano— a limpiar las letrinas, rápido. El resto a las tareas, inútiles.

El pastor volvía lentamente y el moloso lo seguía por detrás, fiel.

Tiempo después, el ejército lidio enfrentó al cimerio y lo venció. Finalmente, Aliates expulsó a los invasores, vengando la muerte de Giges, su antepasado. Sin embargo, los primeros en lanzarse al combate, los que desorganizaron las formaciones y los que persiguieron al enemigo en desbandada, fueron los perros, los molosos.

Fernando Veglia

Del libro: “Crónica Animal”

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