“Asesinato en un espejo de papel”, de Manuel Ortuño

Cuando, tras una intensa sesión de trabajo ante su máquina de escribir, Anselmo Garrido, insigne escritor y ensayista que comenzaba a despuntar en los círculos literarios más exclusivos, se echó por fin hacia atrás en su silla de respaldo recto, cerró los ojos con fuerza y exhaló un suspiro de satisfacción ante el relato que acababa de concluir. Ello, no obstante, no impidió que la presencia del hombre de negro le pasara completamente desapercibida. Tan enfrascado había estado Anselmo en la redacción de aquel breve relato, y tan ruidoso resultaba siempre el palpitar constante de las teclas sobre el papel, que había sido incapaz de percibir el ligero chasquido de la puerta al abrirse, el leve crujido de una de las tablas del suelo al combarse y el vaivén atravesado de nerviosismo que dibujaba en el aire la respiración del intruso que en ese momento se encontraba de pie justo detrás de él, a menos de un metro de distancia.

Mientras Anselmo Garrido se desperezaba estirando brazos y piernas en un intento por desentumecer los músculos que se le habían quedado agarrotados mientras escribía, el intruso retrocedió un paso para evitar que el escritor pudiera llegar a tocarle con sus estiramientos. Luego, mientras Anselmo retornaba a su postura inicial, el intruso, recuperados el terreno perdido y el balance de su cuerpo, contempló la parte posterior del cráneo del escritor. Fue entonces cuando, entornando los ojos, escogió mentalmente el lugar en el que se disponía a descargar su primer golpe.

El primer golpe era siempre fundamental, sobre todo porque estaba pensado para ser el único. Bien era cierto que a distancia tan escasa y con el factor sorpresa de su parte un impacto tan directo podía resultar a priori sencillo de propinar, pero eso no quería decir que hubiese que hacer las cosas deprisa y corriendo. Un mal cálculo o un movimiento demasiado precipitado podían hacer que el golpe acabase desviándose a un lado, con lo que la víctima no sólo no caería fulminada sino que podía llegar a reaccionar, huir o, en el más desafortunado de los casos, ofrecer resistencia.

El siguiente movimiento de Anselmo, no obstante, convenció al intruso de que el golpe iba a resultar sencillo después de todo. El escritor, deseoso de releer el escrito que acababa de terminar, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre el borde de la mesa en la que se hallaba instalada la máquina de escribir. Aquella postura ofrecía un blanco más cómodo que ningún otro, pues al apoyar la víctima los codos sobre la mesa la cabeza quedaba encajada en el hueco de los hombros, con lo que, al menos hasta cierto punto, se evitaban desplazamientos bruscos a los lados.

Así, mientras Anselmo Garrido, enfrascado en la lectura de su obra, permanecía ignorante de la inminencia de su fin, el intruso levantó el martillo que sostenía en la mano derecha y, tras un segundo de reflexión, descargó un golpe brutal sobre la parte superior de la testa de su víctima.

Anselmo se desplomó automáticamente sobre el teclado de la máquina de escribir mientras un reguero de sangre comenzaba a manar por la grieta que acababa de abrirse en su cráneo. Un par de espasmos recorrieron su cuerpo con violencia, pero ni éste se movió de donde estaba, ni perdió el equilibrio, ni acabó cayendo al suelo. En vez de eso permaneció en su sitio, sentado a la mesa y echado sobre la máquina de escribir como si se hubiese quedado dormido durante la redacción de uno de sus relatos o como si se tratase de una marioneta a la que acabasen de cortarle los hilos.

Superado aquel primer escollo, el intruso se acercó lentamente al cuerpo de Anselmo y le tomó el pulso. Tras sentir cómo éste se iba debilitando hasta acabar desapareciendo por completo, el intruso introdujo una mano en el bolsillo de su abrigo, sacó una bolsa de plástico y metió en ella el martillo. Acto seguido se guardó la bolsa y respiró hondo. El primer golpe no sólo era el más importante, sino también el más difícil de dar. Cada vez que lo propinaba, el intruso (si las circunstancias lo permitían) necesitaba unos segundos para recuperar el autodominio. Aquella vez no tardó en recobrarlo, sobre todo después de cerciorarse de que el pulso de Anselmo había dejado de existir.

El intruso acometió entonces la siempre ardua tarea de registrar a su víctima. No obstante, no había hecho más que posar la mano sobre el hombro del cadáver con el fin de apartarlo ligeramente de la máquina de escribir para, así, poder acceder mejor a los bolsillos interiores de su chaqueta, cuando algo captó su atención. No fue la presencia de un arma ni la de cantidad alguna de dinero. Ni siquiera fue una foto comprometedora, sino algo por completo inesperado. Al agacharse sobre el cadáver de Anselmo Garrido para retirar su cabeza destrozada de su improvisada almohada de teclas, sus ojos se encontraron con la hoja recién escrita que permanecía todavía abrazada al carro. Fue algo que alcanzó a leer allí lo que atrajo poderosamente su mirada.

Intrigado, el intruso levantó el cadáver cuanto pudo y, de un enérgico tirón, retiró la hoja recién mecanografiada. Entonces, con ojos cada vez más abiertos por el asombro, comenzó a leer lo que Anselmo había dejado escrito justo antes de morir:

Cuando, tras una intensa sesión de trabajo ante mi máquina de escribir, me eché por fin hacia atrás en mi silla de respaldo recto, cerré los ojos con fuerza y exhalé un suspiro de satisfacción ante el relato que acababa de concluir. Ello, no obstante, no impidió que la presencia del hombre de negro me pasara completamente desapercibida. Tan enfrascado había estado yo en la redacción de aquel breve relato, y tan ruidoso resultaba siempre el palpitar constante de las teclas sobre el papel, que había sido incapaz de percibir el ligero chasquido de la puerta al abrirse, el leve crujido de una de las tablas del suelo al combarse y el vaivén atravesado de nerviosismo que dibujaba en el aire la respiración del intruso que en ese momento se encontraba de pie justo detrás de mí, a menos de un metro de distancia. Mientras me desperezaba estirando brazos y piernas en un intento por desentumecer los músculos que se me habían quedado agarrotados mientras escribía, el intruso retrocedió un paso para evitar que yo llegase a tocarle con mis estiramientos.  Luego, mientras retornaba a mi postura inicial, el intruso, recuperados el terreno perdido y el balance de su cuerpo, contempló la parte posterior de mi cráneo. Fue entonces cuando…


Manuel Ortuño

Del Libro: Relatos desde ambos lados

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