“Éxito”, de Francisco Villasante

Una  de  sus  escenas  favoritas  del  cine  español  transcurre en Belle époque. En ella Manolo, interpretado por Fernando Fernán-Gómez, confiesa que es impotente, pues solo podía hacer el amor con su difunta mujer con la que tuvo cuatro hermosas hijas. Así era él respecto a la lectura, pues solo podía leer en el metro. Cuando el vagón le mecía y arrullaba con la nana del traqueteo monótono del desplazamiento hasta darle sueño, leía de pie. Leía con avidez, olvidándose de la megafonía anunciadora de estaciones y correspondencias. Le gustaba el lunes, porque la vuelta al trabajo significaba el retorno a la lectura. Cada trayecto era convertido en lectura siempre que fuera solitario; hasta tal punto que hacía todo lo posible por evitar cualquier compañía. Sin embargo, le agradaba levantar la vista de su libro para saborear alguna palabra y encontrarse con la vida que bullía a su alrededor: pasajeros migrando a lo largo del tren culebra y viajeros sedentarios arraigados en el terruño del asiento aún a costa de traicionar la solidaridad con ancianos, embarazadas, mujeres con bebés o con niños inagotables. Poco a poco, empezó a fijarse con más interés en sus ocasionales com pañeros de trayecto. Casi sin darse cuenta, empezó a leer, en las manos y rostros de otros viajeros, historias que se enlazaban hasta formar relatos que sentía que tenía que salvar del olvido absoluto anclándolas en la rada del papel en blanco. Por eso, comenzó a escribir. Tenía una sala móvil de lectura, pero necesitaba un remedo de escritorio, algo parecido a una de esas mesas que ocupaban los escritores en el Café de Sólito, en el Café de Pombo, en el Café Suizo, en el Café de Oriente o en el Café Gijón. Él se instaló en el Café Tiempos Mágicos. Lo eligió por el nombre. No por el Tiempos Mágicos, que le parecía remilgado y un poco ridículo, sino por la denominación de Café. Había encontrado bastantes cafeterías y mesones, muchísimos bares, algunos regentados por chinos, pero sólo un Café que reuniera los requisitos: un lugar tranquilo (además atendido por competentes y agradables camareras que llamaban a algunos clientes por sus nombres de pila), mesas libres y buenos precios. Allí nadie escribía; era un lugar de paso: los botellines de los obreros de la enésima ampliación del intercambiador de transportes; los cafés de los peluqueros, los sándwiches de los gestores de la sucursal, los chocolates y cafés de las jubiladas del barrio… La denominación del establecimiento como Café y su ambiente encajaban a la perfección. A la hora en la que él solía ir a escribir, la mayoría eran jubiladas de café o chocolate, mujeres de la tercera edad con ostentosos abrigos de imitación de piel; incluso las había transgresoras que se tomaban un par de vinos blancos, “un rueda, cariño” o “un barbadillo, guapa”; estas ancianas eran más zalameras que las abstemias, en general, bastante estiradas. Sin embargo, no figuraban entre la clientela los jubilados de la partida porque sentirían que estaban ante un territorio inexpugnable y poco deseable, demasiado aséptico y silencioso.

El aspirante a escritor asistía a su improvisado escritorio una o dos tardes a la semana y allí permanecía más o menos una hora. Siempre dos consumiciones. Escribía más de un folio, reciclado, ya gastado por una de sus caras, con letra irregular jalonada por tachones de tinta china de pilot. Era todo el tiempo que le podía robar a sus obligaciones como trabajador asalariado, marido y padre. Quizá existió algún escritor como él, que sólo pudiera escribir en cafés y a mano. En el pasado, claro. Ahora las pantallas pueden con todo. Su mujer y sus hijas conocían algunos relatos y los consideraban un fruto más de su inconstancia, porque él no profundizaba en nada, en todo era un aprendiz recién llegado, casi un advenedizo. Sabía algo de árboles, de aves y sus trinos, de ciclismo, incluso de cine y de arte. Sin embargo, no era experto en nada. En nada destacaba. Era buena pareja y buen padre, pero tampoco en estas facetas sobresalía. No obstante, como escritor tenía un don; mas no porque sus relatos fueran excepcionales (eran bastante convencionales) o porque fuera un escritor que dominara magistralmente el diálogo o la creación de atmósferas o el léxico brillante o preciso o el monólogo interior o la perspectiva múltiple o el contrapunto. Descubrió su don cuando, por primera vez, usó un narrador en primera persona, trasunto de él mismo. Con ese relato, pretendía exorcizar uno de los episodios más traumáticos de su primera juventud. Un caso más de acoso, no por repetido menos insufrible. Sus verdugos eran un par de años mayores que él. Estaban capitaneados por un muchacho cruel, un hijo de papá, como se decía antes, que se sentía amparado por una familia acostumbrada al acoso y derribo de los más vulnerables para seguir acumulando privilegios. La persecución se dilató durante tres años. Soportó esa tortura gracias a la tregua de las vacaciones estivales que pasaba íntegramente en el pueblo de su padre, una aldea del norte en donde se sentía querido y apreciado, no solo por sus abuelos, sino también por los chicos del lugar y el resto de los veraneantes. Allí se sentía persona. Escribió esta narración en su Café, después de leer en el metro a Javier Cercas y su reflexión sobre el sentimiento de culpa que embarga a los humillados. En su relato breve, el jefe de los verdugos moría acuchillado a manos de una de sus víctimas.

Al leer la noticia de la muerte de su antiguo acosador (justo después de la conclusión de su modesta narración), que se había convertido en el alcalde conservador que más mayorías absolutas había alcanzado en su ciudad, le sorprendió que, casualmente, muriera acuchillado. Tuvo que buscar un morboso periódico local, de la escuela del sensacionalismo patrio, para conocer con exactitud el alcance de las cuchilladas y la escena del crimen. Lo más sorprendente es que todos los detalles coincidían exactamente con su ficción. La emoción del poder lo embargó. ¿No es Dios el narrador de la historia del ser humano? ¿No somos todos sus personajes? Pero era algo imposible. Seguro que fue una casualidad. La realidad supera a la ficción, pero no la iguala, se supone que no la imita. Al menos, si copiara ficciones, sería de forma aleatoria, plagiaría cada vez a un escritor; no se inspiraría siempre en el mismo creador y menos en un aprendiz de narrador. Sin embargo, no se podía quitar de la cabeza que el próximo relato que escribiera se proyectaría en la realidad, en una versión mejorada por ser real.

En su siguiente texto, construyó una historia en la que narraba la caída y el auge de Reginaldo Pérez, un político que, después de un suicidio fallido, se convierte en líder de la izquierda, aglutinándola y llevándola al gobierno después de una prolongada mayoría absoluta de la derecha, consiguiendo que todas las políticas conservadoras fueran anuladas y se convirtiera su país en referente de las más exitosas políticas progresistas.

A partir del éxito de su nuevo cuento inédito que efectivamente transformó su país, pensó que tenía derecho a ser más egoísta. Su próxima obra fue una novela corta, no se atrevía a dar el paso a la novela con mayúsculas porque su Café no daba para tanto; en ella, su protagonista era, de nuevo, un trasunto de él. Un hombre que, de vez en cuando, practicaba el senderismo; que, de vez en cuando, se dedicaba a la observación ornitológica; que seguía las grandes vueltas ciclistas; que, de vez en cuando, iba al cine y a algún museo; que, de vez en cuando, escribía y que, de vez en cuando, jugaba a la lotería. Sin duda, el premio al décimo de lotería era un recurso manido; a él apelaban desde los que perdieron el tren de los sueños hasta los mafiosos de las tramas de blanqueo de capital, pero la idea de que un escritor sin éxito de obra inédita se convertiría en un escritor afamado no le pareció apropiada, porque, si se cumplía, sus futuras narraciones, serían conocidas y eso le acabaría delatando. Su alter ego se convirtió en un nuevo rico al filo del final abierto de su novela corta, sin precisar la felicidad futura ni las perdices por comer.

Como muchos ricos recién estrenados, el escritor anónimo del Café Tiempos Mágicos no dominaba la mesura. Agasajó a su mujer con los clásicos regalos y la empujó al entretenimiento de las compras. A sus hijas, les planificó una jornada llena de actividades extraescolares aderezadas con múltiples obsequios que pretendían llenar el espacio de las ausencias de sus padres. Él se dedicó a las inversiones. Tenía un asesor financiero que le procuró más ingresos y muchos contactos en las altas esferas del mundo del dinero y las finanzas, aquellos que estaban preparando su próximo asalto al poder político a través de un perfecto entramado de medios de comunicación. Se dejó seducir por superficiales bellezas, por rubias melenas teñidas prolongadas con extensiones, por pechos siliconados y por el halago fácil y falso. Acentuó su dependencia del alcohol y comenzó a consumir cocaína con asiduidad. Ya no frecuentaba a sus viejos amigos, ni los lugares de siempre. Se alejó de todo lo que había conocido antes. Ese alejamiento tuvo como fundamental consecuencia el divorcio de su mujer y la pérdida de la custodia de sus hijas. Pero él no paró: las drogas le hacían presumiblemente más atractivo, más locuaz, más intenso. No paró hasta que la suma de todas las traiciones de su nuevo círculo le condujeron a la ruina, aunque la principal deslealtad fue la que se infligió él a sí mismo.

Así, despojado de todo, regresó después de seis años al Café Tiempos Mágicos. Estaba tan hundido que hasta el nombre cursi del café le escoció como un dulce de la infancia. Allí empezó a planear su muerte. ¿Qué espacio describiría en su relato definitivo? Lo había perdido todo. Había perdido la finca con sus árboles y setos, con sus perros y su mayordomo, con su porche y su sala azul, con su galería y su escalera alfombrada, con su salón y con su sillón de terciopelo verde. Sería, por lo tanto, una muerte sin negocios urgentes que postergar, sin mujer confabulada con su amante: una muerte sin glamur. Moriría víctima de un sórdido atraco, un apuñalamiento precipitado y absurdo. La vida a cambio de nada o de muy poco. Un atraco sin verdadera ambición y con mucha violencia. Una muerte como a destiempo y ridícula. Una muerte a su altura.

Francisco Villasante

Del libro: “Hábitat o El viaje subterráneo”

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