“Los dos frailes”, de Manuel Fonseca

episcopus Michael memoriam

Cuentan que dos frailes regresaban a pie desde el apeadero de Alcázar de San Juan hasta el monasterio de Nuestra Señora de Zujaste, como la tarde se les echaba encima y en previsión de tropezar con los feroces lobos de la cercana sierra, decidieron abandonar el camino principal para atravesar por un sendero que les llevaba directamente hasta el río Guadalmolina, a menos de tres leguas del monasterio.

Caminaban animados por la proximidad del río cuando encontraron a una mujer joven que, temerosa de ser arrastrada por las aguas, les pidió ayuda para vadear la corriente. El más joven, con voz neutra, le dijo que río abajo, a unas seis o siete leguas, se alzaba un puente de piedra que le permitiría cruzar sin peligro; ella contestó que necesitaba llegar cuanto antes a su destino y que de seguir el consejo le caería la noche encima. “Nada podemos hacer por ti, hermana. Ve con Dios”. La mujer, asustada, no pudo reprimir las lágrimas hasta que, conmovido por su llanto, el mayor de los frailes se la echó sobre los hombros y con paso firme atravesó el cauce del Guadalmolina. Llegados a la otra orilla se desearon salud y una larga vida. Sin más continuaron el camino, ellos hacia el monasterio, la mujer en dirección a su casa.

El cielo aún no se había teñido de sombras, y sin embargo el más joven creía advertir terribles señales en las nubes, la proximidad de un castigo ejemplar por haber estado tan cerca del cuerpo de una mujer joven seguramente pecadora. A los reiterados intentos de conversación contestaba con monosílabos desganados, incluso con evidente mal humor, hasta que el compañero preguntó abiertamente:

—Dime, hermano ¿En qué te ofendí?

—Has llevado sobre los hombros a una mujer joven, su cuerpo ha estado en contacto con el tuyo. Seguramente tuviste malos pensamientos y hayas roto el voto de castidad.

Entonces el compañero rompió reír con todas sus ganas, luego lo miró compadecido de sus escrúpulos.

—Es cierto que llevé a una mujer sobre los hombros, pero no me pesó ni en el cuerpo ni en la conciencia; sin embargo a ti, que no quisiste ayudarla, su peso te ha alterado la razón y la caridad. Dime, hermano, ¿quién ha pecado?…


Manuel Fonseca

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