“Sobre ruedas”, de Manuel Ortuño

Cuando, tras secarse las lágrimas que anegaban sus intensos ojos castaños, Marta abrió la puerta de la sala de estar  para comunicarle a su hijo la trágica noticia, algo extraño ocurrió. El suceso duró apenas medio segundo, pero lo cierto es que, al cogerla por completo desprevenida, pareció durar mucho más. Sus ojos vieron algo que en un principio parecía  imposible. Luego, cuando su cerebro reaccionó automáticamente aplicando una buena dosis de lógica a lo ocurrido, la sorpresa se desvaneció y el posterior desarrollo de los acontecimientos acabó confirmándole que lo que acababa de presenciar no había sido más que un simple efecto óptico.

Nada más abrir la puerta, los ojos de Marta se habían encontrado con la imagen habitual de su hijo Gustavo: la de un chico de quince años que, sentado en su silla de ruedas, ocupaba el tiempo leyendo o escribiendo toda clase  de  cosas  en  un  pequeño cuaderno con su caligrafía minúscula y apretada. Lo que la tomó por sorpresa, no obstante, fue el hecho de que aquella vez el bolígrafo que Gustavo solía utilizar parecía estar flotando sobre su mano a escasos centímetros de las puntas de sus dedos.

Pasado el primer instante de sorpresa, Marta vio cómo, justo cuando Gustavo giraba la cabeza para mirarla, el bolígrafo caía mansamente sobre la palma de su mano. Tras aquel fugaz desconcierto inicial, Marta comprendió que su hijo, simplemente, había estado entretenido jugando a tirar su bolígrafo al aire para recogerlo a posteriori en su descenso. Aquella primera impresión que se había llevado obedecía al hecho de que cuando ella había posado la vista sobre el bolígrafo éste se había encontrado en el punto álgido de su ascenso.

Finalmente, Marta abrió la puerta por completo, entró y, mientras cerraba ésta a sus espaldas, miró a su hijo a los ojos. Gustavo le devolvió la mirada al tiempo que tiraba una vez más su bolígrafo al aire. Aquella vez, sin embargo, distraída su atención, falló al recogerlo y el bolígrafo, tras rebotar en la palma de su mano, rodó brevemente por su regazo y fue a parar al suelo con un leve tintineo.

Antes de que Gustavo tuviese siquiera tiempo de abrir la boca para pedirle a su madre que lo recogiera, Marta se adelantó, se agachó, cogió el bolígrafo y se lo entregó a su hijo. Éste lo tomó y lo dejó tendido sobre su regazo, junto al cuaderno abierto, como si fuese un gusano muerto y endurecido por el rigor mortis.

—Gracias, mamá —dijo el muchacho.

—De nada, cariño —respondió Marta—. ¿Qué estás escribiendo?

—Nada especial —respondió Gustavo—. Simplemente plasmaba mis reflexiones sobre el papel.

Marta asintió con la cabeza. Estaba acostumbrada a que su hijo dedicase el tiempo a esa clase de cosas, en especial desde que tuviera lugar el accidente. Claro que, cuando un muchacho de una inteligencia tan brillante como la de su hijo se ve confinado a una silla de ruedas, ¿qué mejor manera puede encontrar para ocupar el tiempo? Marta suspiró y sacudió la cabeza. Tenía que hablar con su hijo sin perder el tiempo en rodeos. Al fin y al cabo no había entrado allí para preguntarle sobre lo que estaba escribiendo.

—Cariño —le dijo—, ¿te has enterado ya?

Gustavo la miró sin comprender pero con la sombra de una sospecha engastada en su límpida y aguda mirada azul.

—Supongo que algo ha debido ocurrir —dijo—. He oído voces, pasos apresurados, algún que otro grito…  Oí  cómo  Rosana llamaba por teléfono hace unos minutos. No llegué a oír bien lo que decía, pero sí acerté a comprender que llamaba a la policía. Incluso te he oído llorar a ti. Y, a juzgar por tus ojos, creo que estoy en lo cierto, ¿verdad, mamá?

—Sí, así es, hijo.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Gustavo—. Estoy empezando a asustarme. Sea lo que sea, dímelo ya.

Marta juntó las manos, las apretó con fuerza y tragó con dificultad antes de responder.

—Se trata del abuelo, cariño —dijo mirándole a los ojos—. Ha fallecido. Ha sido hace un rato, mientras tomaba un baño.

Gustavo la miró con rostro muy serio y sin mostrar signo alguno de emoción.

—Lo siento mucho, mamá —dijo al cabo de unos segundos—.¿Qué le ha pasado? ¿Un ataque al corazón o algo por el estilo? Según creo, el abuelo ha gozado siempre de una salud de hierro.

—Ha sido una muerte horrible, hijo —contestó ella reprimiendo un  sollozo—. Estaba tomando un baño, como de costumbre, cuando la radio que solía escuchar mientras se bañaba se ha caído de la repisa del armarito y ha ido a parar a la bañera. Ha muerto electrocutado. ¡Dios mío! Ha tenido que ser espantoso… Marta sintió cómo los ojos se le anegaban nuevamente de lágrimas. Entonces se llevó un pañuelo al rostro y se sonó la nariz. Cuando por fin fue capaz de recobrar el control volvió a mirar a su hijo.

—¿No… no dices nada? —le preguntó—. ¿Piensas… quedarte ahí, como si nada?

—No, claro que no, mamá —dijo Gustavo—. Debe haber sido una muerte atroz. Lo siento mucho.

Marta vio cómo su hijo maniobraba su silla de ruedas hasta quedar frente a ella y abría los brazos en su dirección para ofrecerle consuelo. Marta avanzó un par de pasos y se agachó para abrazar a su hijo. Gustavo le devolvió el abrazo y le dio un beso en la mejilla, pero eran el abrazo sin pasión y el beso gélido de alguien que no sentía la menor lástima por lo que acababa de ocurrir. Marta se incorporó y miró fijamente a su hijo.

—A ti no te importa lo más mínimo que el abuelo haya muerto, ¿verdad?

Al principio Gustavo rehuyó la mirada de su madre, pero al poco volvió a posar los ojos sobre el rostro de ella.

—Lo siento muchísimo por ti, mamá.

—Ya, pero ¿y por ti, hijo? —insistió ella—. ¿Lo sientes por ti? Gustavo se pasó una mano por el rostro.

—Mamá, sabes muy bien que el abuelo ha sido siempre un vividor y un borracho —respondió Gustavo sin más—. Te guste o no, es la verdad. Y si ha muerto, pues muerto está. Además, yo jamás le he importado un pimiento. Y, por si fuera poco, es por su culpa que…

—¡Sí, sí, ya lo sé! —interrumpió su madre con frialdad—. No hace falta que me lo recuerdes.

—Pues tengo intención de hacerlo, mamá —perseveró Gustavo hablando sin alterarse lo más mínimo—. Es por su culpa que me veo en esta silla de ruedas. Aquí llevo cinco años, desde que ese viejo imbécil tuvo la ocurrencia de emborracharse aquel día que fue a recogerme en coche al colegio. Para una vez que fue él quien se encargó de recogerme, fue incapaz de privarse de su maldita botella de whisky. El resultado, ya lo ves. Llevas cinco años viéndolo. Yo, sin embargo, llevo cinco años viviéndolo. Y no quiero ni pensar en los que me quedan. Seré un lisiado para el resto de mi vida. Y todo por culpa de ese maldito viejo borracho.

Aunque mientras oía hablar a su hijo Marta fue abriendo los ojos cada vez más, fue absolutamente incapaz de pronunciar palabra alguna. El dolor y la compasión se mezclaban en su interior produciendo una dura amalgama que resultaba difícil asimilar pero que se le incrustaba dolorosamente en el pecho sin que ella pudiese hacer nada por impedirlo. Cuando por fin logró reaccionar le costó horrores mantener la compostura.

—Cariño —acertó a decir—, sé cómo te sientes. Comprendo que estés resentido con el abuelo por lo que ocurrió. Pero has de comprender que él era humano y que, como tal, también cometía errores. Además, Gustavo, no puedes vivir con todo ese rencor durante el resto de tu vida. Acabarás convirtiéndote en un amargado.

Gustavo contempló a su madre con expresión impasible.

—Eso es asunto mío, mamá —respondió Gustavo con frialdad—. En cuanto al abuelo, francamente, por lo que a mí respecta puede pudrirse en el infierno.

Marta miró a su hijo con incredulidad y sintió el feroz impulso de transformar sus más sinceros pensamientos en palabras. Y aunque logró resistir la tentación de hacerlo, no pudo menos que convencerse a sí misma de una vez  por todas de que aquel muchacho que había concebido en sus propias entrañas había acabado convirtiéndose en un verdadero monstruo.

Resuelta a no añadir una sola palabra más, Marta dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

—¿Mamá? —le oyó decir entonces a su hijo.

—¿Sí? —respondió  ella  deteniéndose, aunque  sin  volverse, cuando tenía ya la mano posada sobre el pomo.

—¿Crees que el abuelo habrá sufrido mucho? —preguntó Gustavo.

—No lo sé, cariño —respondió Marta, sorprendida ante aquel atisbo de humanidad en un corazón que apenas unos segundos antes se había mostrado tan despiadado—. Seguramente sí. Me imagino que ha debido ser una muerte horrible.

Por un instante el silencio flotó entre madre e hijo como una mullida manta empapada de aire caliente.

—No obstante —añadió Marta al cabo de unos segundos frunciendo el ceño con fuerza—, ahora que lo pienso, hay algo que no termino de entender. Algo en lo que no había caído hasta ahora.

—¿A qué te refieres, mamá?

Marta giró la cabeza y miró a su hijo sin pronunciar palabra mientras sus labios se estremecían levemente y la duda y el desconcierto se adueñaban de todo su ser. Entonces, mientras sostenía la mirada de Gustavo, un súbito escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo.

—Como te he dicho antes, la radio se cayó a la bañera desde la repisa del armarito del cuarto de baño —respondió finalmente Marta con gravedad—. Desde esa repisa hasta la bañera hay más de dos metros de distancia. ¿Cómo puede haber ido a parar la radio al interior de la bañera desde allí? Además, esa repisa tiene una pequeña balaustrada para evitar precisamente que cuanto se ponga en ella pueda volcarse y caer al suelo.

Gustavo guardó silencio mientras madre e hijo intercambiaban nuevamente una larga y penetrante mirada.

—No tengo ni idea —dijo Gustavo al cabo de unos segundos—. Pero es extraño, sí… Quizás el abuelo cambiase la radio de sitio esta mañana. No sé…

—No, no lo creo —repuso Marta—. El abuelo la ponía siempre allí. Llevaba años haciéndolo y era un hombre de costumbres.

Gustavo volvió a sumirse en un profundo silencio y bajó la mirada hasta el suelo. Marta, por su parte, reflexionó durante unos instantes y se quedó mirando al vacío sin saber que decir. Finalmente, tras esbozar una tímida sonrisa en dirección a su hijo, abrió la puerta y salió de la estancia cerrando tras de sí.

Una vez a solas, Gustavo aguardó unos segundos a que los sollozos  de su madre se alejasen por el pasillo. Entonces, haciendo girar la silla, se volvió hacia la ventana abierta y clavó la mirada en el libro que aquella mañana había dejado allí, sobre el alféizar. Sin apartar la mirada del libro, Gustavo concentró su mente y apretó las mandíbulas con tanta fuerza que durante un instante sus dientes rechinaron levemente.

Al cabo de unos segundos, muy despacio, el libro se elevó en el aire y cruzó flotando la estancia hasta aterrizar suave y mansamente sobre las manos abiertas de Gustavo. El muchacho lo abrió y comenzó a pasar páginas mientras dejaba que una ligera sonrisa de autosuficiencia le aflorara a los labios y pensaba que algún día, tarde o temprano, aprendería a mover cuerpos más pesados que un simple bolígrafo, un libro o un aparato de radio. Así podría trasladar su propio cuerpo a voluntad y escaparía de una vez por todas de aquella maldita silla de ruedas en la que llevaba cinco años enjaulado.


Manuel Ortuño

Del Libro: Relatos desde ambos lados

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