“El mar y la religión”, de Manuel Fonseca

El creyente combate a otro

creyente por una mínima discrepancia;

el que duda sólo lucha consigo mismo

Graham Greene

Claudio, patriarca expúreo de Eumebe, predicó en el 385 que Dios era infinito e incognoscible. Argumentó contra sus detractores que el simple hecho de mencionar la bondad divina degradaba al Creador. “Dios no es bueno o malo; Dios es sólo Dios”. Repetía incansable. Rechazó las imágenes de Cristo por considerar que Jesús, al haber nacido de mujer, carecía de naturaleza inmortal: adorar la Cruz como instrumento de salvación significaba la aceptación de una falsedad. Tras sufrir la condena del pimer concilio de Nicea debió abandonar Eumebe porque se había puesto precio a su cabeza. A la persecución de Constantinopla respondió con predicaciones constantes, éstas, unidas a su fama de santidad, le procuraron un nutrido grupo de seguidores.

Su doctrina admite el bautismo iniciático de adultos (sin valor sacramental), el adulterio, la comunidad de bienes y el suicidio. La ceremonia de bautismo se efectuaba en el mar por inmersión completa ante los fieles que se otorgaban el nombre de “creyentes”, aunque comenzaron a ser conocidos con el nombre de Emergentes, en alusión a las palabras empleadas durante el ritual: “Emerge a la vida, hijo de la Luz”.

Sus sermones enseñaban que Dios poseía tres notas esenciales: el pensamiento absoluto, el silencio y el mar. Del primero procede la sabiduría; el silencio es fuente de la armonía necesaria para escuchar la música de las esferas; el mar, es el origen de plantas, animales y hombres. Tan vasto conjunto oculta el sendero necesario para alcanzar la purificación definitiva; la creación, tal y como la conocemos, es una monstruosidad, una cárcel de la que, sólo con la sabiduría, conseguimos escapar.

El hombre, nacido de la tercera esencia divina, es hijo de Dios, “summo locus natus”, afirmó a los jueces que le reprocharon su humilde nacimiento. La muerte distaba de ser dramática y singular, se convertía en trámite alegre, ocasión para reunir a familiares y amigos. Los Emergentes abominaban de la carne y de las exequias fúnebres, “la tierra es lugar infame”, repetían incasables; los muertos se arrojaban al mar en el transcurso de una sencilla ceremonia llamada “restitutio”.

Debemos a Bonifacio Cristomades la noticia más antigua sobre los Emergentes (también llamados “Cojos”), no la más exacta; Bonifacio, cuya relación con los sectarios puede considerarse nula, escribe con notoria elegancia y acusada mala fe sobre las similitudes con los “Acuáticos”, discípulos de Hermógenes que defendían el agua como principio coeterno con Dios. Olvida un hecho esencial: para los Emergentes el agua que lloran las nubes, alegra la torpe tristeza de la tierra, se derrumba en arroyos, forma ríos milenarios, se pudre en serenos remansos, asola ciudades y extermina legiones, posee un sólo fin que justifique su belleza o su agonía: reunirse con el mar, ser de nuevo parte integrante de él; para Claudio, el mar (no el agua), es consustancial a Dios.

       Una historia posterior a la persecución y martirio del obispo, cuenta que sus verdugos cavaron una ceñida fosa en la extensa explanada abierta al Sur de Eumebe para someterlo a la tortura de ser enterrado vivo. Una orden tajante previno la obligada presencia de los emergentes cautivos, el poder siempre ha considerado el suplicio por su capacidad espectacular, duda, sin embargo, de toda posibilidad profiláctica. El Pseudo-Ireneo, cuya crónica sigo, recuerda la llegada del cónsul imperial acompañado de fanfarrias, soldados y prostitutas; de siete obispos distinguidos en la refutación implacable de los herejes y un número incalculable de curiosos agolpados cerca del lugar previsto para la ejecución. Claudio, despojado de los atributos de su ministerio, raspada la tonsura con cepillos de púas, caminó arrastrando su cojera indiferente a las ofensas, los salivazos y las amenazas. Había sido interrogado, azotado y castrado en interminables sesiones de horror sin otro sentimiento salvo la ansiedad de la muerte; morir, según había dicho, significaba liberarse, retornar a la esencia divina. A duras penas lograron los guardias apagar los gritos de la multitud cuando el juez leyó la sentencia que abundaba en términos infames. Por tres veces lo conminaron a retractarse a cambio del perdón, otras tantas afirmó la verdad de su doctrina. Para no confundir a los presentes el cónsul suspendió el acto con la orden de enterrarlo sin más dilaciones. Antes de ser arrojado a la zanja donde habría de morir cerró los ojos y oró en voz alta. Ignoramos el contenido de la impetración, sabemos que acaso sirvió para levantar el ánimo de los condenados que comenzaron a entonar sus cantos de muerte, sus cantos de alegría. Se alzó la voz impaciente del hereje sobre los gritos y las súplicas a Dios. Un terrible aguacero (cuya intensidad y duración conmovió los cimientos de las murallas), inundó la fosa. Apaciguada la tempestad buscaron su cuerpo, pero la crecida lo había arrastrado, río abajo, hasta el mar.

Otra versión, más moderna, lo hace víctima del fuego; no obstante, la mejor, de considerable carácter literario, la encontramos en la transcripción efectuada por Isaac Karo de la Miscelánea Baenense, conjunto de sentencias, fórmulas alquímicas, consejos espirituales, genealogías y tradiciones de los judíos cordobeses. El tomo cuarto narra un hecho sospechosamente silenciado: Claudio no llegó a Constantinopla donde el emperador, secreto partidario de Eutiques[1], aguardaba para juzgarlo personalmente; una horrenda tempestad abatió la orgullosa nave no sin antes permitirle invocar el antiguo salmo de los marineros fenicios: “Madre de Cartago, entrego mi remo”.


[1] La historia de la religión no puede sustraerse del estudio de las diversas herejías que la convulsionaron y, quizá, la modificaron.

Manuel Fonseca

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