“El flautista”, de Francisco Villasante

Le habían dado tres meses de vida. No se sintió especialmente desgraciado, sino más bien como el protagonista de un sórdido telefilm vespertino. Se planteó romper con todo y cumplir con sus sueños más peregrinos; pero pronto intuyó que eso no le haría feliz, se dio cuenta de que lo que más apreciaba era su rutina: llevar a los niños al colegio, preparar la comida y coger el metro para ir a impartir las pocas clases particulares que conservaba. Dar clases particulares le gustaba, le mantenía en el extrarradio de su profesión, la que había desempeñado durante más de veinte años en varios colegios concertados hasta que los grupos de inversión y los fundamentalistas católicos se hicieron con el control del “negocio de la educación” con la complicidad de sucesivos gobiernos conservadores. Pero lo que más le satisfacía era el viaje en metro, durante el trayecto podía leer, es más ya casi sólo leía en el suburbano, y, además, podía observar al resto de viajeros, relajando la mirada en el paisaje de sus compañeros de viaje tan fugaces, tan distintos, tan iguales. Era paradójico que llegara a disfrutar tanto del metro con lo que había renegado de ese medio de transporte que consideraba una consecuencia más de la deshumanización que provocaban las ciudades imposibles.

En uno de esos viajes teñidos de amargura por la acritud de su reciente sentencia a muerte, le llamó la atención un músico ambulante. Había coincidido con algún menesteroso que pedía con una flauta dulce que usaba con muy poca aptitud musical, pero nunca con ningún necesitado que tocara una flauta travesera. Se le notaba incluso cierto virtuosismo. Quizá provenía de una orquesta extinta de algún país del este, quizá también finado o, al menos, agonizante. Tocaba con una sutil elegancia; a veces, parecía que la flauta casi flotaba, que simplemente era acariciada por la yema de unos dedos delicados, casi femeninos. No tocaba de forma mecánica, como ausente, algo que era habitual en el gremio de los músicos de arrabal; sino que ponía la intención de los que están convencidos de que desempeñan una labor trascendental y se sienten sacerdotes portadores de algo sagrado y único. En sus ojos, se sentía la misma intensidad que en sus melodías. Como un maestro de la narración oral, iba posando su mirada de claridad celeste en cada viajero del vagón. Los miró a todos, pero en él, que lo dejó para el final, posó su intensa mirada hierática más tiempo o a él así se lo pareció. Sintió un bienestar inefable en el estómago que se extendió por el pecho. Después el flautista se fue balanceándose como un remedo del de Hamelin arrastrando a las ratas de la ciudad infestada. Sin pararse siguió cruzando el umbral de la puerta automática del vagón que se abrió ante el flautista como si tuviera un sensor de proximidad, como si fuera el Mar Rojo atravesado por Moisés. A partir de ese momento, cada vez que viajaba en metro, se repetía la misma escena con el flautista. Con una variante; ahora ya no posaba su mirada zarca en otros pasajeros. Parecía que le buscaba para interpretar ante él las melodías con las que le obsequiaba como si fuera su único público. Siempre empezaba con el Padrino, de Nino Rota, y terminaba con la Serenata número 13, de Mozart. Las últimas notas del austriaco las iba dejando en el aire como trocitos de migas de pan mientras se dirigía a la puerta que se abría ante un andén cada día diferente.

La última vez que lo vio fue justo en el trayecto hacia el médico, que esperaba simplemente certificar su desahucio porque no estaba sometido a ningún tratamiento pues cualquier actuación era inane para su salud; es más, lo único que pretendía el doctor era derivarlo al sistema público de salud para que le aplicaran el protocolo de paliativos, ya que la sanidad privada, al no ser un paciente rentable, no podía hacer nada por él. No obstante, para no sentirse un administrativo más, ejerció inopidamente de médico, sorprendiéndose a sí mismo, y le hizo una revisión exhaustiva.

Después del reconocimiento médico, le expuso a su paciente que sólo se podía explicar la desaparición de su enfermedad como un milagro. Sin embargo, a pesar de que todos los domingos iba a la parroquia, no creía en milagros. Estaba seguro de que se trataba de una negligencia más, esta vez sin víctimas. Todo lo solucionaría diligentemente como siempre. Manipularía con “su ordenador sin fronteras”, como él lo llamaba, otro historial médico. Nunca figuraría en la base de datos del hospital esa incongruencia. Haría desaparecer esa enfermedad como si fuera un curandero virtual, uniendo pasado, presente y futuro. No defraudaría al gerente ni a los accionistas mayoritarios. Todo seguiría cuadrando. Mientras el doctor entraba en su Audi Q7 TDI, aparcado en su plaza exclusiva de jefe de servicio médico, el profesor de clases particulares franqueaba las puertas automáticas del vagón con la vana esperanza de volver a ver al flautista.

Francisco Villasante

Del libro: “Hábitat o El viaje subterráneo”

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