“El fantasma”, de Francisco Villasante

Le habían robado a su hijo. La última vez que supo de él fue hace veinte años. Sin embargo, todos los días sentía su vacío en el pecho. El médico decía que esa opresión en el tórax era el síntoma de un ataque de ansiedad, pero ella sabía que era la presión que ejercía el hueco de la pérdida. La idea de ir a buscarlo surgió a raíz de un reportaje que vio sobre los bebés robados. ¿Cómo es posible que una monja que se llama como Nuestra Señora cometiese tal delito? Sabía que los hombres eran malvados, empezando por su padre y terminando por su marido, ambos ya difuntos; pero una monja… El mundo estaba perdido, y ella tenía que encontrar a su hijo. En su vida, todo había sido fracaso y sólo el más grande de ellos, quizá, todavía, tenía remedio. Para lo demás ya era demasiado tarde. A su hijo se lo robó la droga y sobre todo su marido. La droga le retuvo a él en la hostil gran ciudad, tan lejos del pueblo, y su marido lo mató en vida prohibiendo hasta su nombre. Dios sólo le hizo dos favores durante toda su existencia: dar a luz y sobrevivir a su marido. Ahora podía disponer de su pensión de viudedad y gastársela en lo que le diera la gana.

Se alojó en una pensión céntrica en donde coincidía con turistas jóvenes, rubicundos, felices y, normalmente, beodos. Desde allí inició su búsqueda. Indagó en hospitales, en centros penitenciarios… Desechó visitar los cementerios, porque la sima de su pecho no le hablaba de muerte; que su hijo estaba vivo lo sabía a través de ese cordón umbilical invisible que siempre mantiene unidos a una madre y a un hijo. Las semanas transcurrieron infructuosamente. Fue el pequeño de la dueña de la pensión el que la puso sobre la pista de su hijo. Fue el niño el que le habló de los fantasmas del metro. El muchacho estaba convencido de que él era el único que los veía, pues el resto de los pasajeros se mostraban ajenos a esas figuras que alguna vez fueron humanas. Los veía casi todos los días en su trayecto al colegio. A dos calles de la pensión en la que vivían él y su madre junto con no más de diez huéspedes en los días de más afluencia, había un colegio público que su madre aborrecía porque estaba lleno de extranjeros. Así que para ir a clase, tenía que coger el metro. Los fantasmas hacían penitencia en la estación de Iglesia, quizá ese era el Purgatorio del que le había hablado el hermano Laudelino en las clases de catequesis del colegio concertado religioso que había sustituido al público. Después de todas la mentiras de la vida, de su padre, de su marido, las de su hijo cuando quedó atrapado en la telaraña de la droga, esa red que en su imaginación se parecía a la enorme telaraña de las películas de Tarzán, Jane y Boy que tanto le gustaban a su niño antes de perderlo en la selva de la adolescencia; la confidencia del hijo de la dueña de la pensión le pareció una verdad auténtica. Así que cuando visitó la estación de Iglesia lo hizo en calidad de creyente, porque sabía que la inocencia nunca miente. Jamás pudo olvidar el aspecto de muerto viviente de su hijo la última vez que le dio dinero, la última vez que lo vio justo antes de que su marido lo matara para las conversaciones y las preocupaciones expresadas. Así que el mundo de las fantasmagorías le pareció el lugar más apropiado para buscarlo. Esperó paciente en un banco del andén hasta que por fin apareció un fantasma. Era el espectro de una mujer que en vida fue hermosa; lo que fue su piel era un pergamino reseco pegado a una calavera que pugnaba por salir al aire libre. Sin embargo, a pesar de la decrepitud de lo que fue bello, a pesar del hedor a putrefacción que ella intuía, se sintió feliz de que el fantasma no fuera un hombre, porque en su fuero interno temía que esa aparición fuera la de su padre o su marido, ya que todavía se sentía vulnerable ante la maldad de esos hombres. Siguió en la distancia a lo que fue una mujer. El espectro subió hasta la superficie protegida por la invisibilidad que le otorgaba su condición de sombra. Anduvo por la acera de dos calles anchas con mucho tránsito. ¿Cómo podía la gente soportar el ruido de tantos coches? El fragor del incesante tráfico le recordó, por un momento, a las riadas de su infancia y se sintió como un puente roto e inútil. La visión a la que seguía se acercó hasta la ventanilla de un viejo coche aparcado con sus cuatro pasajeros. Conversó brevemente con el copiloto y después se intercambiaron algo que no pudo precisar. Entonces, observó que, renqueante, la aparecida se alejaba del automóvil y, al rato, volvía a descender a través de una nueva boca de metro, la de Bilbao, la del nombre de la ciudad que su marido se negó a visitar porque tenía miedo de los terroristas. Al fantasma le debían de pesar sus cadenas, ya que avanzó muy lentamente hasta el último banco del andén. Ella se sentó en otro banco a una prudente distancia. Cada dos minutos, un convoy vomitaba personas a cambio de tragarse una cantidad similar para no adelgazar nunca. Así transcurrieron las horas, entre gente apresurada con bolsas de tiendas de moda, jóvenes estudiantes universitarios (el futuro deseado para su hijo secretamente por ella porque sabía que su esposo nunca lo entendería), ancianos hastiados y extranjeros, muchos y de diferentes sitios, distintos acentos, distintas lenguas y hasta distintas razas, todos de rostro melancólico que no podían inspirar el odio que amargaba a los hombres, al menos, a sus hombres, a su marido, a su padre y a casi todos los varones de su pueblo. Se anunció el último tren del día. Y allí seguía el fantasma como una estatua de sal, como la débil mujer de Lot que sucumbió a su curiosidad innata, como le había explicado el padre Antonio María. Al poco de pasar el último metro del día, el alma en pena se levantó, se acercó al borde del andén, se sentó en él y descendió hasta las vías. Ella, insuflada de una fuerza insospechada, la siguió a distancia a través del túnel que se había tragado al fantasma. Tras avanzar unos doscientos metros tanteando con la mano la pared de la izquierda, sentía que estaba entrando al infierno que se había ganado por cobarde, por cómplice de la hombría cruel y arcana que había dirigido su vida desde siempre. A su alrededor, la negritud resultaba más amenazante que nunca y en el suelo irregular crepitaban lo que parecían decenas de garras de ratas. Más adelante, las tinieblas dieron paso a una luz débil que surgía salvadora. Cuando se acercó a las sombras que proyectaba la tenue luz, reconoció el espacio de una estación abandonada. El paso del tiempo, aliado con el vandalismo, se percibía en los azulejos que antes fueron blancos, en los restos del nombre de la estación y en los fragmentos de antiguos anuncios publicitarios que inventaban un mundo feliz. El andén de la estación se había convertido en un improvisado albergue. Su fantasma se tumbó entre cartones, cerca de otras almas en pena que bebían vino barato y fumaban colillas recolectadas. Estaba segura de que era cuestión de tiempo que se le apareciera su hijo o lo que quedaba de él. Y entonces quizá se pidieran perdón para poder descansar en paz.

Francisco Villasante

Del libro: “Hábitat o El viaje subterráneo”

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