“El país de los desiguales”, de J.H. Pellicer

Era aquel un tiempo difícil en el país de los desiguales, tenso, de gran confusión. Desde el inicio de los tiempos nadie había planteado una cuestión que trajera tanta intranquilidad. Siempre se había asumido que el ser desigual era algo natural allí. No había otro tipo de apariencia, habían sido así creados, no se podía hacer nada y tampoco se quería. Pero ahora, con estos enviados que habían llegado, todo parecía tambalearse; los desiguales andaban de acá para allá con desconcierto, inseguros, dubitativos. ¿Sería posible eso?

Los médicos debatían en sus congresos demostrando, algunos, que la simetría en el cuerpo humano no existe, que es sólo aproximada; que tenemos elementos sin pareja como el corazón y éste inclinado hacia la izquierda, también otros varios órganos ladeados y únicos como el hígado y el páncreas. Otros rebatían respondiendo que tenemos elementos simétricos que forman parte de nuestro cuerpo, aunque reconocían que aun siendo esto así, la igualdad entre ambos elementos no era exacta, sino sólo muy aproximada, “es cierto que si miramos las dos mitades de una cara por ejemplo-decían-podremos comprobar que no son idénticas, sino que contienen algunas pequeñas diferencias” corroborando, de esta forma, la aserción de sus colegas.

El debate estaba servido y todos los Medios se hacían eco de ello: ser desigual es un defecto, un error de concepto que podría llegar a ser dañino incluso para la propia humanidad; que era del todo necesario buscar la uniformidad entre semejantes; que el mundo sería mejor, que sería todo mucho más fácil.

Psicólogos y estadísticos, sin embargo, lo contradecían, también los sociólogos,”…hay, incluso, una asimetría de poder en cualquier ámbito de las relaciones humanas; véase sino las diferencias de clase… Las diferencias de poder entre los dos sexos también son latentes en este sentido y son, en última instancia, los que explican, en muchas ocasiones, la contradicción de la violencia doméstica… Ni siquiera la causalidad es simétrica”.

Sin embargo no era todo desigual entre los desiguales, había elementos que se compartían y que los igualaban en su modo de vivir. Todos podían ver el mismo sol a través de sus desiguales ojos cada mañana; todos se alegraban de las alegrías y se entristecían de las penas. Todos amaban y querían ser amados. Todos pedían respeto para sí mismos y para los suyos. En eso no eran tan desiguales aquellos habitantes de aquel país. “… nuestras diferencias-se decían mutuamente-son en muchos casos superficiales…”.

Pero aquellos predicadores de la homogeneidad lo afirmaban: era un peligro para todos ser diferente “fíjense sino-decían-en lo práctico que resulta uniformar todo, Dios nos ha hecho iguales, de una misma carne, de una misma familia…”.

Lucio y su mujer miraban la tele asistiendo perplejos al debate.

Una vez recogido todo y apagadas las luces, cerciorándose de que todo estaba bien cerrado, el matrimonio se fue a la cama. Había llegado el momento de la tranquilidad; charlar, leer un libro, la prensa, todo tenía cabida en ese momento, pero en ellos había quedado un rescoldo de lo que habían oído.

-… Me parece un imposible tratar de uniformarnos y de hacernos creer que todos podemos ser iguales y que la perfección radica en la simetría de todos los órganos que constituyen nuestra apariencia-le dijo la esposa a su marido- no hay nadie perfecto, todos somos por naturaleza imperfectos y desiguales; yo no puedo tratar del mismo modo a nuestros dos hijos porque cada uno tiene su peculiaridad. El mundo es desigual y el mantenimiento de la vida radica, precisamente, en el perfecto equilibrio de lo diverso.

-Pero no me rebatirás-interrumpió el marido-que aún en el aspecto estético, tal y como dicen ellos, una persona es más guapa cuanto más simétricas sean sus facciones, y que por el contrario las personas como nosotros tenemos todo más desequilibrado y deforme.

-Ya, pero, ¿Acaso está mal tener facciones más pronunciadas?, ¿Es lo perfecto aquello que carece de asimetrías?, ¿Acaso tenemos que ser todos como muñequitos diseñados, guapos, rubios y con ojos azules, o todos sin defectos y con las medidas perfectamente estandarizadas, como clones?, ¿No son, a veces, estas desigualdades las que definen nuestra particularidad haciéndonos únicos e irrepetibles?

-Sí… puede que tengas razón-dijo el marido dirigiendo su mirada al el techo en su parte más alejada hacia el vértice que lo unía con la pared, arriba, frente a él, pensando y tocándose la comisura de los labios y la mejilla.

Los mensajeros del pensamiento único que andaban de acá para allá eran también, ellos mismos, desiguales. ¿De dónde, pues, habían sacado estas nuevas doctrinas?, ¿Se podría conseguir eso? ¿Qué pasaría con aquellos otros que no llegaran a conseguirlo o que sencillamente no quisieran ni intentarlo?, ¿Cómo sería esa sociedad que ellos planteaban en la que todo el mundo fuera igual o pensara lo mismo?, ¿Con qué medios contarían para realizar tan macabro proyecto?

Eran dudas que brotaban y hervían en aquellos vecinos, embargándoles a todos una sensación de incertidumbre e inseguridad que les hacía dudar de aquellas cosas que hasta hoy habían constituido su apoyo más seguro.

Una ola de temor inundaba el ambiente. Desde los poderes se apremiaban disquisiciones para que la gente acudiera a examinarse y a sufrir reconocimientos médicos y personales. Se hacían por familias, por barrios; todo el mundo agrupado en esas filas interminables de personas de todas las edades. Niños cogidos de las manos de sus madres, éstas abrazadas por sus maridos, temerosas e inseguras.

-¿Nos reconocerán incluso citológicamente, buscarán la igualdad incluso ahí?- Preguntaba una chica a su amiga.

-Yo tengo otra religión y mis padres proceden de otra parte, ¿Tú crees que dirán algo?- Preguntaba un joven a su círculo de personas más cercano.

La gente iba pasando a los edificios habilitados al efecto y dentro les recibían unos hombres con batas blancas, de tez dura y mirada fría:
-Se tienen que esforzar como familia en recibir y asimilar las instrucciones que vamos a entregarles-decía un inspector de aquellos al matrimonio, mientras una especie de médico analizaba y auscultaba al hijo de ambos midiendo todas sus facciones.

“¿Primarían los rubios sobre los morenos, o los altos y delgados sobre los bajitos y gorditos?…” la duda estaba planteada.

Se empezaron a elaborar nuevas listas de empadronamiento y a clasificar a la gente por defectos: “…aquí los que tienen un ojo más pequeño; aquí, en este montón, a los que les falta un brazo o una pierna; en aquel de allá los feos, aquellos que no tendrían solución ni aplicándoles una cirugía facial; Y, en éste, aquí en éste, a todos aquellos que se resisten a creer, a esos hay que controlarlos muy de cerca”.

Se empezaron a revisar pertenencias y propiedades: “hay que revisar las posesiones y soluciones habitacionales, uniformar y racionalizar…”. Se distribuía a la gente por barrios y se les obligaba a cambiar de casa…

El mundo parecía haberse vuelto loco, la sinrazón había llegado y se había aposentado adueñándose de todo. “¡Esto es una locura-decía un hombre a su compañero parados ambos a la puerta de la casa. ¡Nos estamos volviendo locos!”. El miedo se había apoderado de todo…

Todo había empezado como si nada ocurriera, como una teoría, un simple pensamiento; no iba a pasar nada: “Pasen, pasen por aquí y vean nuestro proyecto, contémplenlo, miren todo simétrico, contemplen los barrios bien ordenados y dispuestos; perfectamente organizados y estructurados”

Todo era obsesivamente perfecto, todo tenía que serlo, los trajes, los peinados y adornos, la manera de caminar, la forma de vivir, de comer y de comportarse en público, las personas. Ya nada imperfecto tenía cabida, no era útil, sobraba, era una carga innecesaria para la comunidad.

Era la puesta en marcha del pensamiento único.

Todo constituía una duda, nadie sabía nada de lo porvenir.

¡Cuánto había cambiado aquel tranquilo país de los desiguales! Parecían ya lejanos aquellos tiempos en los que cada cual paseaba entre los demás con toda libertad y sin complejos.

De pronto, George Hackman, Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la Naciones Unidas, despertó súbitamente por aquel sonido ensordecedor del fin de emisión de la programación televisiva nocturna; una vez más se había quedado dormido y preocupado en las horas que precedían a una reunión importante.

J.H. Pellicer

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