“Tiempo de descuento”, de Manuel Ortuño

La calle era una franja de tierra blanquísima que hería los ojos de Jordao Bahía cada vez que el sol incidía de lleno sobre su superficie de tierra apisonada. Apenas pasaba nadie por allí a aquella hora; tan sólo algún que otro carro tirado por caballos y un ocasional carromato que llegó levantando una nubecilla de polvo para alejarse traqueteando pueblo abajo. Por lo demás, la calle se hallaba sumida en una inmensa calma. El único rescoldo de bullicio provenía del tímido y metálico soniquete de un transistor que se dejaba oír en alguna parte y de un grupo de niños que jugaba al fútbol al otro lado de la vía con un balón despeluchado y cubierto de remiendos.

Con paso apesadumbrado Jordao Bahía llegó hasta el porche de la pequeña y tosca taberna y se detuvo. Entonces, adoptando una más de aquellas decisiones apresuradas que tanto habían abundado en su vida, tomó asiento pesadamente junto a una mesa de la entrada, estiró las piernas y exhaló un profundo suspiro.

Una muchacha de unos quince años acudió casi de inmediato para preguntarle qué deseaba tomar. Jordao Bahía pidió whisky doble y observó a la muchacha desaparecer rauda y veloz en el interior del local. Aunque tuvo tiempo de apreciar que el cuerpo de la muchacha podía llegar a calificarse como francamente deseable, lo cierto es que eso a él ya no le interesaba como antes. De hecho, ya no le interesaba en absoluto.

Mientras esperaba la llegada de su bebida, Jordao Bahía miró a su alrededor con ojos adormilados y cargados de hastío. El efecto del sol era una herida perennemente abierta en el aire de la mañana. Su luz era un cuchillo que lo rasgaba todo con su blancura, y su calor una losa que se adhería a la espalda con una furia pegajosa. Aun así, aquel calor tan insoportable no era la carga más penosa que Jordao Bahía acarreaba sobre los hombros. Lo que a Jordao Bahía le pesaba realmente como si de una roca anudada al cuello se tratase no era otra cosa que su propia existencia.

Su vida se había visto surcada de dificultades que no siempre habían obedecido ni a las circunstancias ni a la mala suerte. Antes bien, en muchos casos se habían debido a decisiones erróneas y a actos  cometidos de  manera demasiado irreflexiva. Como resultado de todo aquello, Jordao Bahía se encontraba en aquel momento camino de la mísera habitación de una pensión en cuyo interior le esperaba una pistola cargada con una única bala, la cual tenía intención de alojar en su sien derecha. Había llegado a aquel pueblo la noche anterior y había decidido dedicar aquella última mañana a la melancólica y desesperada tarea de despedirse del mundo. Y si se había detenido en aquella minúscula taberna antes de regresar a la pensión había sido con la única intención de despedirse del whisky, una más de las decisiones equivocadas que habían empapelado las paredes de su vida.

La camarera rescató a Jordao Bahía de sus pensamientos al plantarse súbitamente a su lado con una bandeja en la mano. Con movimientos rápidos, la joven dejó un vaso de whisky sobre la mesa y le dijo a su cliente cuánto le debía. Jordao Bahía hurgó en uno de sus bolsillos, sacó un billete y se lo entregó sin tan siquiera mirarlo.

—Puedes quedarte con el cambio —le dijo a la muchacha. Al fin y al cabo, ¿qué le importaba ya a él dicho cambio por grande que éste pudiera llegar a ser?

La muchacha miró el billete que tenía en la mano y volvió a mirar a Jordao Bahía con expresión de incredulidad.

—¿Está usted seguro, señor? —le preguntó—. Esto es mucho dinero para pagar una simple bebida.

—No te preocupes —repuso Jordao Bahía—. Puedes quedártelo.

La muchacha murmuró unas palabras de agradecimiento y se retiró apresuradamente al interior de la taberna. Jordao Bahía se la imaginó entrando en la trastienda para informar al dueño de lo que acababa de ocurrir. En circunstancias normales una situación como aquélla habría suscitado el interés o, cuando menos,  la curiosidad de cualquiera, pero en el caso particular de Jordao Bahía, a aquellas alturas de la vida, y tras todo lo vivido a sus espaldas, éste tardó apenas cinco segundos en olvidarse de la anécdota y volvió a enfrascarse en sus pensamientos.

Ser representante de jugadores de fútbol en Brasil podía ser una profesión sumamente dura si las circunstancias y las malas decisiones así lo querían. Para Jordao Bahía no había nada más ingrato que  intentar ganarse la vida apostando por deportistas jóvenes de origen humilde cuya vida profesional duraba apenas un puñado de años y quienes no sólo se hallaban sometidos al riesgo de contraer una lesión importante sino que, para colmo, se incorporaban al mundo adulto a una edad en la que resultaba fácil que las tentaciones más mundanas acabasen apartándolos del camino correcto. Y eso por no mencionar la competencia, pues cada vez era mayor el número de representantes y ojeadores que pululaban por los pueblos y ciudades del interior de Minas Gerais, sobre todo desde que, algún tiempo antes, se anunciase que al año siguiente, en 1950, Brasil sería la sede del campeonato mundial de fútbol. El fútbol siempre había estado presente en la vida diaria de los brasileños, pero desde que aquella noticia había saltado a la actualidad el país entero parecía girar en torno a un balón de cuero. Y eso le había puesto las cosas muy cuesta arriba a la gente como él.

Un súbito griterío hizo que Jordao Bahía saliese de su ensimismamiento y levantara la cabeza. Al otro lado de la calle algunos de los niños que jugaban al fútbol celebraban un gol. Jordao Bahía los vio abrazar y felicitar a uno de sus compañeros, un niño negro, alto y espigado que no dejaba de sonreír.

Jordao Bahía estiró una mano, tomó el vaso de whisky y apuró un buen trago. Mientras la bebida le escocía en la garganta, esbozó una leve sonrisa y clavó la mirada en aquel grupo de niños sin verlo realmente. Luego, con la mirada todavía puesta en ellos, volvió a sumirse en sus pensamientos.

Recordó los tiempos en los que había sido como uno de aquellos muchachos que jugaban al fútbol en la calle, con la única diferencia de que en aquel entonces ni él ni sus compañeros de juego tenían balón, por destartalado que éste estuviese, sino un amasijo de trapos apelmazados y atados cuidadosamente con retales de cuerda. Recordó cómo había comenzado a despuntar entre los demás chiquillos de su barrio gracias a su visión de juego y a su regate en corto. Pero, por desgracia, su fondo físico era muy limitado y sus pulmones demasiado débiles para garantizarle una carrera mínimamente duradera en el más modesto de los equipos de fútbol de su región. Fue por eso por lo que decidió dedicarse primero al aspecto técnico de aquel maravilloso deporte y centrarse posteriormente en el especulativo mundo de la representación de jugadores. Fue así, tras tantear a un buen puñado de chicos durante algunos años, como encontró a Geraldo de Guimaes, a quien todo el mundo llamaba Guima, y a quien representó durante tres años con absoluta exclusividad. Guima iba a ser su gran descubrimiento hasta que el muchacho sufrió una grave lesión de rodilla que lo mantuvo apartado de los terrenos de juego durante nueve meses. Cuando Guima se reincorporó a su equipo a principios de la temporada siguiente ya no volvió a ser el de antes, por lo que al cabo de siete partidos se vio obligado a colgar las botas de manera definitiva con una severa recaída de su lesión. Por lo que tenía entendido, en la actualidad Guima seguía padeciendo intensos dolores en aquella rodilla, hasta el punto de que era incapaz de permanecer de pie más de quince minutos seguidos.

Tras la retirada de Guima, en quien había puesto demasiadas esperanzas, Jordao Bahía volvió a buscar entre los jóvenes talentos que la vasta región de Minas Gerais gustaba de concebir para el fútbol nacional. Fue así como, un par de años más tarde, dio con Amario Gatella, más conocido como Amarinho, un chico tosco y cejijunto dotado de una potencia y rapidez excepcionales que le permitían recoger un balón en el centro del campo, regatear a toda la defensa rival y marcar sin que sus compañeros tuviesen apenas tiempo de acompañarle en la jugada. Cuando Jordao Bahía lo vio jugar en aquel mísero campo de tierra embarrada de las entrañas de Brasil supo que había dado con un filón. Así que, decidido, habló con él y con sus padres y logró de éstos últimos que le concediesen plena libertad para entrenar al muchacho y representarle ante los clubes de la zona. En apenas un par de meses Jordao Bahía había conseguido que tres de aquellos equipos mostrasen interés por el chico. Así que, después de asegurarle un contrato con uno de dichos clubes, Amarinho debutó como media punta y marcó once goles en los cinco primeros partidos que jugó, seis más que el muchacho que jugaba de delantero centro en su propio equipo.

Muchas miradas se volvieron rápidamente hacia aquel muchacho de ceño fruncido que corría y regateaba como el mismísimo demonio. Al cabo de aquella primera temporada Amarinho había marcado cincuenta y nueve goles a pesar de haber acabado expulsado hasta en ocho ocasiones a causa de su carácter combativo e indomable. A pesar de todo, aquel año su equipo acabó ganando la liga regional y él fue el máximo anotador de todas las ligas inferiores. Aquello le abrió las puertas de otro club en el que jugó dos temporadas. Un club que, merced a su contribución, quedó subcampeón el primer año y campeón el segundo, y para el que acabó marcando noventa y siete goles en un total de sesenta partidos.

Cuatro años después de haberlo descubierto, Amarinho fue fichado por un equipo de segunda división mientras varios clubes de primera le miraban de reojo. Se hablaba de él por todos los rincones como una gran promesa y como la mejor opción de futuro para el fútbol del país. Alguien dijo que jugaría en primera división antes de que acabara la temporada, e incluso se aventuró a vaticinar que terminaría jugando con la selección nacional en los campeonatos mundiales si la maldita guerra en Europa, que ya había dejado de ser europea para convertirse en mundial, dejaba de impedir de una vez por todas la celebración de todo tipo de evento deportivo.

De repente, algo atrajo la mirada de Jordao Bahía y volvió a sacarlo de su ensueño por un instante. Allí, al otro lado de la calle, el muchacho alto y espigado que poco antes había anotado un tanto acababa de encadenar tres regates seguidos y había driblado al portero, pero no había llegado a marcar porque un jugador del equipo rival había desviado el  balón justo antes de que éste llegase a rebasar la línea de gol. Jordao Bahía se quedó mirando a aquel niño durante unos segundos y luego, sin dejar de mirarlo pero sin verlo realmente, desvió la vista una vez más hacia el vacío.

No todo había sido tan positivo en la carrera de Amarinho, sin embargo. Al igual que era rápido en el campo de fútbol, también lo era a la hora de escapar de las obligaciones, los entrenamientos y la disciplina. Para él todo era un arriesgado y peligroso juego que excedía los límites del simple espectáculo del fútbol. Así, tras los primeros desplantes y desobediencias, aquel muchacho extendió su rebeldía innata a círculos que incluían elementos tales como la bebida, el juego y las mujeres. En cuestión de cuatro o cinco años pasó de ser un muchacho ceñudo, callado y más bien solitario a ser un hombre arrogante, pendenciero y entregado a un buen número de vicios y placeres. Y su carácter hosco e iracundo no era algo con lo que pudiese contarse para mejorar las cosas. A pesar de todo, Jordao Bahía siguió junto a su representado. Al fin y al cabo, la cantidad de dinero que había involucrada en todo el asunto era verdaderamente grande y tenía visos de seguir creciendo. Además, aquél había sido su gran descubrimiento y no estaba dispuesto a dejarlo escapar así como así. Para entonces Amarinho llevaba dos años jugando en segunda división y Jordao Bahía había logrado suscitar lo suficiente el interés de Flamingo y Botafogo como para entablar con éstos negociaciones que muy bien podían dar como resultado un sustancioso fichaje.

Jordao Bahía estaba a punto de cerrar un contrato con uno de aquellos clubes cuando la fama del lado oscuro de Amarinho, que ya había comenzado a extenderse por medio del boca a boca, saltó con dramatismo a la prensa con motivo de ciertos escándalos y peleas en burdeles y bares de alterne en los que más de un futbolista se vio involucrado. Aquello hizo que los grandes clubes recularan y retiraran las ofertas que acababan de dejar sobre la mesa, con lo que las negociaciones se enfriaron. También por aquella época Amarinho comenzó a dejar notar en su juego los efectos de la mala vida que llevaba disfrutando desde hacía meses. A ello siguieron enfrentamientos con entrenadores e incluso con el propio Jordao Bahía. Hasta que, finalmente, cierta noche de otoño, tras un ruidoso y oscuro altercado en un bar de moda, Amarinho acabó siendo perseguido por la policía y, en su huida, atropellado por un autobús. Amarinho terminó postrado en la cama de un hospital en estado de coma. Y así estuvo casi tres años hasta que, una tarde de octubre, Jordao Bahía recibió la noticia de que quien una vez había sido su gran descubrimiento acababa de fallecer.

Para entonces la vida de Jordao Bahía se había convertido en un infierno. El peso y la responsabilidad de la desgracia sufrida por Amarinho había caído en buena medida sobre sus hombros, hasta el punto de que los padres del chico acabaron culpándole a él de lo que le había ocurrido a su hijo por no haber sido capaz, como representante suyo, de encaminarlo por la senda correcta. Incluso su propia esposa comenzó a reprocharle que hubiese compartido correrías y juergas con su jugador y no tardó en marcharse de casa para regresar junto a su familia en pleno corazón de Minas Gerais. Jordao Bahía se vio solo, sin esposa, enganchado a una botella de whisky, enfrentado a los reproches de cuantos le rodeaban y con la única compañía del recuerdo de un muchacho que, tras descansar postrado durante años en la cama de un hospital, yacía ahora bajo la fría losa de una tumba.

El tiempo se había arrastrado rápidamente y Jordao Bahía había acabado perdiendo su prestigio, sus contactos, sus amistades y, poco a poco, algo más sutil y progresivamente, su afición a la vida. Fue de mal en peor, aferrado cada vez con mayor fuerza a una botella que cada día le duraba menos tiempo llena. Hasta que decidió que todo aquello tenía que acabar. Así fue como, en una especie de huída de sí mismo, había ido a parar a aquel mísero pueblecito, a aquella sucia calle y al porche de aquella mugrienta taberna. Mientras pensaba todo aquello, la vista se le perdió aún más en el vacío y comenzó a vagarle de uno a otro rincón de cuanto tenía ante sus ojos hasta recaer nuevamente en los niños que continuaban jugando al fútbol al otro lado de la calle.

Algo captó entonces su mirada, su atención e incluso su interés. Allí, al otro lado de la vía, el mismo muchacho negro, alto y espigado de antes acababa de hacer algo verdaderamente notable, por no llamarlo asombroso. Había recibido el balón en la frontal del área grande y, sin dejarlo caer, lo había levantado con un suave pero preciso toque por encima de la cabeza de los dos defensas que en ese momento se ocupaban de marcarle. Luego, mientras sus rivales buscaban todavía el balón con la mirada, el muchacho giró sobre sí mismo y, zafándose de la presencia de los otros dos, recogió el balón, que para entonces flotaba mansamente ante él, y, sin dejar que éste tocara el suelo, lo golpeó fuertemente con el pie derecho. El balón se alojó en el interior de la portería haciendo inútil el esfuerzo del  portero.  Al ver el tanto que acababa de marcar, el muchacho alto y espigado gritó de júbilo y salió corriendo en dirección a sus compañeros, quienes comenzaron a abrazarle y a felicitarle con efusividad.

Jordao Bahía jamás había visto a jugador alguno anotar un tanto como el que aquel niño acababa de marcar. Pero se consoló pensando que bien podía haber sido un golpe de suerte. Intrigado, decidió concentrar parte de su atención en aquel chico mientras estiraba nuevamente el brazo y tomaba otro trago de whisky.

Un par de minutos más tarde uno de los niños le propinó al balón un zurdazo tan formidable que éste se salió del campo y, tras cruzar la calle botando, fue a parar mansamente a los pies de Jordao Bahía. Entonces el niño alto y espigado, que en aquel momento era el que se hallaba más cerca de allí, echó un rápido vistazo a ambos lados y, tras cerciorarse de que el camino estaba libre, cruzó la calle corriendo. Al verlo correr hacia él, Jordao Bahía se levantó trabajosamente, se agachó y cogió el balón con una mano. Cuando el niño llegó a donde él se encontraba, extendió la suya en actitud de súplica.

—¿Puede darme el balón, señor? —le preguntó.

Jordao Bahía se quedó mirando aquel rostro sudoroso durante un par de segundos.

—¿Cuántos años tienes, chico? —le preguntó por simple curiosidad.

—Nueve, señor.

—¿Y cómo te llamas?

—Edson, señor —le respondió el niño mirándole de soslayo—. Pero mis amigos me llaman Pelé. Y ahora, ¿sería tan amable de pasarme el balón, por favor?

Jordao Bahía miró fijamente a aquel niño mientras una idea tan alocada como soñadora comenzaba a adquirir forma febrilmente en su cabeza. Aquel pensamiento, no obstante, apenas duró unos segundos, pues casi enseguida Jordao Bahía decidió desecharlo sacudiendo la cabeza con una energía no exenta de cierto pesar. Para qué, pensó. Al fin y al cabo no merece la pena. Nada la merece.

—Claro, hijo. Aquí tienes —dijo al fin.

Sin mediar una sola palabra más, le lanzó el balón al niño. Éste lo cogió ágilmente en el aire y, tras dar media vuelta, cruzó la calle con él bajo el brazo para volver a reunirse con sus amigos.

Jordao Bahía lo contempló mientras se alejaba y sonrió para sí con desesperanza y hastío. Luego estiró nuevamente la mano, apuró de un solo trago el whisky que aún le quedaba en el vaso y echó a caminar calle abajo en dirección a la mísera habitación en la que le aguardaba un revólver cargado.

Mientras avanzaba con la imagen de aquel arma fieramente grabada en la cabeza, se le ocurrió pensar que, tal y como sucedía en el fútbol al final de cada partido, acababa de entrar en el tiempo de descuento. Con la única diferencia de que en aquel caso el partido en cuestión era su propia vida y el sonido final no sería el estridente pitido de un silbato sino el brutal estallido de un disparo.


Manuel Ortuño

Del Libro: Relatos desde ambos lados

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Un comentario sobre ““Tiempo de descuento”, de Manuel Ortuño

  1. Supe de Manuel Ortuño por casualidad, su libro “Relatos de ambos lados” se hallaba en el escaparate de una librería entre varios títulos recientes de autores a los que la prensa calificó poco menos de herededors de Cervantes; no suelo fijarme en esos repertorios de títulos, sin embargo la portada del libro era tan original y atrevida que me llamó la atención. En fin, lo confieso: compré el libro no por el contenido, cuya calidad literaria entonces ignoraba, sino por el diseño de la portada.
    Me he alegrado en numerosas ocasiones de comprar libros de autores desconocidos, una de ellas ha sido la que ahora comento. Leer los relatos de Ortuño supuso un verdadero festín, una goce literario que ahora, años después, tengo la ocasión de agradecerle.
    Me alegra compartir con Vd. el espacio que nos ofrece esta pequeña, pero valiente editorial
    Fonseca

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