“La cita”, de Eduardo Marín

Aún hoy no acierto a comprender qué me hizo aceptar su llamada, porque, me apresuro a decirlo, jamás nos unió sino un odio oscuro y visceral que nos llevó a constantes enfrentamientos hasta que mis golpes, menos influidos por el antagonismo que por el afán de conseguir una gallarda estocada, lo dejaron inútil para la pelea; quizá mi incomprensión se deba a que la realidad supera la ficción, porque la ficción es una realidad escrita por el hombre y la realidad una ficción escrita por Dios. Sólo sé que cuando acabé de leer el escueto mensaje donde me citaba, arrojé el papel al fuego incómodo por la familiaridad con que un hombre, del cual me constaba su rencor, trataba de solventar una antigua y profunda rencilla.

Pero conforme se aproximó la hora prevista una inquietud de origen desconocido me obligó a caminar en la dirección indicada. Acaso la curiosidad que, en ese momento admite el calificativo de morbosa, no sea tan culpable como la soberbia de presentarme ante quien ya no era amenaza con la altiva condescendencia del vencedor. Los sentimientos son profundamente complejos, no admiten explicaciones simples, salvo que pensemos que amor y odio son tiempos de un mismo verbo cuya conjugación desconocemos.

Llegué puntual frente a la puerta adornada con el escudo que indicaba la rancia nobleza de una familia cuyo linaje se entroncaba con obispos y reyes. Abrí sin otro trámite, tres lámparas iluminaban la estancia, en la chimenea ardían varios leños. Él permaneció de pie, sereno. Su voz no la entorpecía otro sentimiento que no fuera la satisfacción.

—Por fin has venido.

Afirmó mientras extraía la espada de su vaina. Estábamos solos y aun cuando yo era más joven y más diestro, supuse su odio dotado de la suficiente fuerza para hacerlo peligroso a pesar de su invalidez. Otra cosa, además, me asombró: había preferido mi espada para ejecutar su triste venganza. Siempre fue raro, el arma de un soldado está acostumbrada a sus manos, el dueño conoce su peso, sus oscilaciones; sus caprichos. Ha establecido con ella una relación fraternal.

—No tienes ni una oportunidad —Le dije más tranquilo, más seguro— Esa es mi espada.

Encontré tanto desprecio en su mirada, tanta ira contenida, que no pude evitar un ligero estremecimiento.

—Hoy es diferente. Hoy es el día de mi venganza.

Y sin que pudiera evitarlo, sin un suspiro, con un fuerte golpe se traspasó el pecho. Cayó de rodillas, a menos de un metro de distancia. Atónito y conmovido pedí ayuda, comportamiento previsible, de nada hubiera servido intentar la huida, el afilado acero que lo mataba hacía superfluo cualquier interrogatorio. Entonces comprendí: él, mi enemigo jurado, sonreía desde el suelo.

—Te vencí…

Ahora espero mi sentencia por asesinato, no me sofoca el oprobio ni el miedo ni, es evidente, el arrepentimiento. Más me atormenta el recuerdo feliz de su rostro.

Eduardo Marín

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