“La Bética, allá por el 302 d.C.”, de José H. Pellicer

Allí estaba. Como paralizado frente a la inscripción dejando su mente volar hacia aquel tercer siglo mientras le añadía al texto las palabras necesarias para completar correctamente su leyenda. Siempre le sucedía y, sobre todo, en las ocasiones en las que encontraba algo que le hiciera palpar el pulso del pasado: D(is) M(anibus) S(acrum)\MELITINE ANN(orum) VIIII M(ensium) VI DI\ER(um) VIII HIC SITA EST INFANS PATRI PER\SAECULA FLENDA QUAM RAPTAM\ADSIDUAE MATER MAERORE REQUIRIT\GRATA BLANDI (Consagrado a los dioses Manes. Melitine de 9 años de edad 6 meses y 6 días. Aquí yace la niña a quien su padre ha de llorar toda la vida, que, apenas desaparecida, busca continuamente su madre pesarosa…) (!) MATER… CARPOP] HORUS\PATER ET FELICULA MATER FILIAE PIENTIS\SIMAE. (Carpóforo, su padre y Felícula, su madre, para su cariñosísima hija)

“Cómo sería la vida en estos años…cómo serían esos Carpóforo y Felícula…”-pensaba en la soledad de su despacho.

-¡Vamos, aligérate y sube ya al carro, mujer, que al final se nos hará el día!- Refunfuñaba Carpóforo a su mujer mientras ella terminaba de echar la última mirada que parecía no acabar nunca- ¡Vamos Felícula!

Ya en el carro y en el camino, ella no podía dejar de pensar en todo mientras arropaba bien a sus tres pequeños, acostados en la parte trasera del carro.

Habían salido de Itálica e iban a unas no muy lejanas tierras situadas en otro municipio, en Naeva, justo en el territorium de Ilipa Magna. Su señor, para quién él trabajaba, Q. Fulvius Charisianus, así lo había decidido. Atrás, en la vieja urbe, quedaba todo lo que hasta ese momento había constituido sus vidas: la casa en la que habían vivido, los allegados y familiares que no sabían si volverían a ver y muchos de sus enseres que por falta de sitio en el carro no habían podido cargar y llevar consigo. También allí, y esto era lo más doloroso, dejaban bajo la protección de la tierra y de los dioses manes el pequeño cuerpo fallecido de la menor de sus hijas, Melitine, que con tan sólo nueve años había dejado de vivir víctima de algún mal sin solución.

Carpóforo era la tercera generación que servía a las órdenes de la familia Fulvius y el más importante de los esclavos y sirvientes de su señor, su mano derecha y hombre de confianza, a quien éste contaba todos sus desacuerdos y enfados con la política fiscal del imperio.


En las ocasiones en las que el portorium de Hispalis le reclamaba al amo la parte de los tributos pertenecientes al Cesar y le tocaba ir a hasta la gran ciudad, así se lo hacía ver, descargando sobre él sus quejas y malestares:


-Algún día todo esto va a cambiar mi querido Carpóforo, sí, va a cambiar…
El fiel esclavo nunca le respondía y se limitaba a conducir al lado de su señor mirándole de cuando en cuando.

La orden del señor había sido tajante: dirigirse hacia Charisianus villae y ocupar esas tierras, pero, ¿Cómo se las encontrarían?, “Bueno, no estarán tan mal aunque seguro que nos va a costar mucho ponerlas en funcionamiento”, pensaba el bueno de Carpóforo mientras dirigía el carro tirado por los dos mejores bueyes de su amo por todo el margen occidental del río Baeti. Para él suponía una buena oportunidad de alcanzar el rango superior con el que tantas veces había soñado y tener bajo su control a todos los trabajadores de su señor, algo que en otras épocas habría sido imposible.

Carpóforo era la tercera generación que servía a las órdenes de la familia Fulvius y el más importante de los esclavos y sirvientes de su señor, su mano derecha y hombre de confianza, a quien éste contaba todos sus desacuerdos y enfados con la política fiscal del imperio.

En las ocasiones en las que el portorium de Hispalis le reclamaba al amo la parte de los tributos pertenecientes al Cesar y le tocaba ir a hasta la gran ciudad, así se lo hacía ver, descargando sobre él sus quejas y malestares:

-Algún día todo esto va a cambiar mi querido Carpóforo, sí, va a cambiar…

El fiel esclavo nunca le respondía y se limitaba a conducir al lado de su señor mirándole de cuando en cuando.

-Sí, Carpóforo, la gente que está en Roma no se da cuenta de que están estirando demasiado la cuerda y de que algún día va a romper y cuando ese día llegue… Además, ¿Qué tiene que ver esta provincia con Roma hasta ese punto?, ¿Acaso nosotros no podríamos sobrevivir sin ellos?, ¿Cuándo le hemos necesitado?, ¿No eran nuestros antepasados anteriores a ellos y más grandes?- Decía el señor refiriéndose a los héroes de la lejana y vieja Hispania en donde se encontraban- ¡Ellos, Carpóforo! son ellos los que nos necesitan… Pues claro que sí, ¿Qué se creen estos?…, ¿No se dan cuenta de lo lejos que estamos de ellos para que se crean que pueden controlarnos hasta ese nivel?, ¿Dónde está Roma? ¿Acaso alguien la ha visto jamás?… Algún día todo esto cambiará, nos iremos de las ciudades y trabajaremos en los campos, allí en los ages, ¡oh, tierras sin igual verdes y soleadas!, donde no podrán controlarnos…

-Pero mi señor usted no podrá abandonar la urbe por el cargo público que tiene y que le ata al municipio, ¿No es así?

-Sí, es así- decía refunfuñando- ya lo sé y ya se han encargado ellos de ligarnos a ese cargo a perpetuidad, lo sé, pero no seremos nosotros, los grandes señores, los que nos iremos de las urbes, no, sino nuestros negocios, todos nuestros asuntos y vosotros, querido Carpóforo- mirándolo fijamente- sí, seréis vosotros los que os iréis allí y trabajareis donde ellos no se lo esperan…

Y así, entre quejas y claros resentimientos siempre continuaban, amo y sirviente, su viaje de regreso a casa.

Pero hoy, Felícula tenía en la mente otros asuntos de índole diferente, para ella este cambio de vida sólo le producía temores e inseguridades. En su pecho, envuelto en un pequeño trozo de tela, aún guardaba un pequeño mechón del precioso cabello de su pequeña Melitine. No podía olvidar los últimos días con ella, sus fiebres repentinas, su mirada hundida, el sudor frio que cubría todo su cuerpo, ¿Qué habría pasado?, ¿Por qué se puso así tan mal? Por momentos, le invadía un sentimiento de culpa irrefrenable que la hundía en su desesperación, “¿Sería por algo que yo le diera? No, eso no puede ser, nunca hasta ese día le había pasado nada”.

El carro avanzaba con dificultad por aquellos agrestes y estrechos caminos que en ocasiones se bifurcaban entre olivos o encinas.

-Felícula ¿Has acabado ya?- le gritó Carpoforo desde la parte delantera- Vente aquí y mira conmigo el atardecer. Mira que tierras tan bonitas.

Ella como fiel esposa que era de su marido no osó en contradecirle sino que secó las lágrimas de sus mejillas y aligerando lo que estaba por hacer se puso enseguida delante, sentándose a su lado, desde donde él sujetaba y guiaba las riendas.

-Fíjate Felicula, fíjate qué tierras.

Ella, por mucho que miraba, las veía idénticas a las que habían dejado en Itálica.

-Fíjate qué arboles, mira el color de la tierra, rojizo por la humedad del río, y las flores que hay.

Conocía muy bien a su marido y lo soñador que era. Estaba con él desde que ambos eran casi unos niños y sabía que cualquier nueva empresa que iniciaba se constituía para él en una pasión idealizada. Tampoco dudaba de que, por todo el camino y hasta que llegaran a su nueva casa, no iba a parar de maravillarse por todo lo que sus ojos contemplaran. Pero ella lo quería tal y como era aunque a veces no pudiera soportar tanta ingenuidad. “¡Siempre igual, no cambiarás nunca! Desde que te conozco eres el mismo soñador que ve el cielo abierto en todas las cosas, cumplirás una centena de años y seguirás siendo así”, pensaba con su cabeza recostada en el hombro de él.

-…Fíjate, hasta el tiempo es diferente, ¿Sabes por qué es eso? Porque donde vamos está más al septentrión, lo que los antiguos llamaban el Ner…- continuaba hablando casi sólo- ya verás como allí vamos a estar muy bien y vamos a ser muy felices. Además, los niños van a estar muy bien y plantaremos trigo y vides.

“El Ner, qué sería el Ner”, pensaba Felicula sin poder quitarse de su cabeza aquella fría inscripción que habían dejado grabada delante del túmulo de tierra que guardaba el pequeño e inerte cuerpo de su pequeña:

Consagrado a los dioses Manes. Melitine de 9 años de edad 6 meses y 6 dias. Aquí yace la niña a quien su padre ha de llorar toda la vida, que, apenas desaparecida, busca continuamente su madre pesarosa. Agradecida a las caricias… era como cada uno quisiera que fuesen sus hijos. El año décimo la privó del don de la luz. Quien lea este infortunio maldiga el hado inicuo. Séate la tierra leve. Carpóforo, su padre y Felicula, su madre, para su cariñosísima hija.

“No puedo pensar que el sol, la lluvia, el frío, todo le va a dar al cuerpo de mi niña… Pobre mía”

El carro avanzaba lentamente cimbrándose cada vez que tropezaba con alguna piedra o sorteaba alguna hendidura de aquel seco terreno por el que se desplazaba.

-¿Y tú crees que allí habrá alguien o estaremos solos?- preguntó ella después de un buen rato tras incorporarse, ya erguida en su asiento.

-Seguro que habrá alguien, ya lo verás. Además, ahora vamos a ser villicus y tendremos nuestro propio dinero sin tener que dar cuentas a nadie. Sí, mi querida Felícula, los tiempos están cambiando. Ahora ya no es como antes cuando nuestros padres y abuelos no salían de la casa del amo y acababan sus días sin conocer otra cosa que la Itálica o poco más…

Ella a veces le miraba reconociendo cierta sabiduría en las palabras que él iba pronunciando.

-… Ahora es otro tiempo y, sin embargo, hay quienes dicen que todo va a caer, que el imperio va a caer. Pero yo no lo creo porque, ¿Cómo sería la vida?, ¿Cómo podríamos vivir? Los cristianos dicen que es el fin de todo… Pero, ¿Cómo va a ser el fin de todo ahora que tú y yo vamos a iniciar una nueva vida?, Eso no puede ser…

Y aquel carro cargado de enseres, lenta y farragosamente llevaba a la joven pareja y a sus tres hijos hacia una nueva vida que ellos mismos tendrían que ir poco a poco descubriendo juntos. Testigos, protagonistas, sufridores o beneficiarios al mismo tiempo, de un mundo en transformación, de una época de trascendentales cambios que les había tocado vivir en su paso por la vida.

Mientras, la tarde iba ya declinando en sus últimos rojizos rayos por las anchas y bellas tierras de la rica y lejana Bética.


J. H. Pellicer

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