“Después del desayudo”, de Manuel Ortuño

Para Hector Hugh

El coronel Julius Ochaward Fitts-Pink dejó a un lado la bandeja del desayuno, se puso en pie con inusitada parsimonia y se acercó hasta  la  ventana.  Una  vez  ante  ésta,  descorrió  con  una mano curtida y morena los exquisitos visillos blancos, miró al exterior con ojos soñadores y se recreó en la contemplación del paisaje. Allí, al otro lado de aquella ventana del segundo piso de una apacible casa rural, y casi hasta besar el horizonte, se extendía una soberbia muestra de lo que comúnmente se conoce como “la campiña inglesa”.

Muchos   años   habían   transcurrido   desde   que   el   coronel Fitts-Pink admirase la belleza de dicha campiña por última vez. Tras una juventud consagrada al adiestramiento militar y una primera madurez dedicada a la conquista, reconquista y mantenimiento de las colonias inglesas, había acabado siendo destinado al centro de África con el fin de estudiar el entorno de aquella zona en un intento por descubrir si ésta, sus gentes o (más cerca de la verdad) sus vastos y variados recursos minerales podían suscitar la ambición de los dirigentes de Albión y contribuir así al crecimiento de la tan celebrada riqueza nacional.

A pesar de llevar puntualmente a cabo el cometido para el que su país le había destinado allí y del celo demostrado en cada una de las gestiones que le fueron  encomendadas, lo que de verdad suscitó el interés del coronel durante los años vividos en el continente negro no fue en realidad el conocimiento de sus maravillas naturales, sino el descubrimiento de sus gentes, sus costumbres y sus creencias. Con un insaciable afán de estudio, se dedicó a convivir con los habitantes de aquellas latitudes y, con una innegable fascinación, se integró hasta tal punto en las formas de vida de éstos que, casi sin darse cuenta, acabó adoptando algunos de sus más sutiles y peculiares hábitos. Es por ello que en aquel momento, mientras admiraba el vasto paisaje que se extendía ante sus ojos, colocó los brazos en jarras, apoyó los puños cerrados contra la cintura  y  adelantó sensiblemente la pelvis, tal y como solían hacer los señores de la tribu de los hatu cuando contemplaban con ufanía el territorio que tenían bajo su dominio. En tal postura permaneció durante varios minutos hasta que decidió regresar junto al escritorio para retomar los manuscritos en cuya redacción se hallaba ocupado, los cuales trataban, principalmente, de las experiencias vividas durante sus viajes.

Tras más de media vida transcurrida en las colonias, el coronel Fitts-Pink, inglés a pesar de tener en muchos aspectos cualidades más propias de otros pueblos,  acababa de regresar a su patria tan sólo nueve días atrás. Desde entonces se había empleado a fondo en localizar un pacífico retiro rural con el fin de disfrutar de las primeras vacaciones de su vida en casi cuarenta años. Tras serle recomendado aquel apartado rincón de la campiña por los funcionarios del Ministerio de Defensa que se habían encargado de darle la bienvenida (así como de adjudicarle su más que digna pensión de retiro), el coronel había hecho las maletas y había puesto rumbo hacia aquella mansión solariega en una de cuyas habitaciones llevaba ya varios días hospedado. Hombre metódico y de costumbres (lo cual quizás fuese el rasgo más genuinamente británico que persistía en él), repartía su tiempo entre el descanso, la redacción de sus vivencias y, tal y como solían hacer los miembros de la tribu caníbal de los otanga justo antes de emprender una de sus temerarias cacerías nocturnas, el disfrute de largos paseos a la cálida luz del atardecer.

Aunque en aquel lugar las mañanas se sucedían las unas a las otras en un ambiente cargado de monotonía, lo cierto es que aquello era precisamente lo que el coronel andaba buscando. Años enteros de intermediación en mil y un incidentes y de violentas disputas que de continuo tenían lugar entre miembros de tribus tan salvajes como primitivas habían acabado produciendo en él un considerable desgaste que estaba deseando relegar al olvido. Ahora, de regreso por fin en el seno de la civilización, su objetivo principal era disfrutar de la paz y la tranquilidad que sólo el entorno en el que se encontraba era capaz de ofrecer. Y aunque en algunos momentos llegaba a añorar la hosquedad, la dureza e incluso el ambiente puramente instintivo en el que se había visto inmerso durante años, lo cierto era que su prioridad en aquellos momentos recaía en aprovechar al máximo posible aquellas vacaciones antes de dedicarse a buscar una residencia fija en la que poder establecer su retiro definitivo.

El tiempo se arrastró por el suelo de la mañana como un caracol que atravesase con pereza un terreno particularmente escabroso. No obstante, el coronel llevaba apenas un rato enfrascado en sus escritos cuando, levemente al principio pero con mayor intensidad conforme los minutos se fueron sucediendo, cierto revuelo comenzó a apoderarse de la casa. Al principio no fueron más que rumores y conversaciones que, procedentes del patio, se filtraban por las rendijas de su ventana, pero esto pronto dio paso a voces en el piso de abajo, carreras apresuradas por los pasillos y puertas que se abrían de repente para volver a cerrarse con brusquedad segundos después.

Algo irritado ante la creciente intensidad y frecuencia de aquellos ruidos tan molestos, el coronel Fitts-Pink exhaló un suspiro, dejó a un lado su pluma, se puso en pie y se dirigió a la cama, sobre la que se encontraba su maleta. Tras abrir ésta y reordenar apresuradamente su contenido, volvió a cerrarla (esta vez asegurando a conciencia cerraduras y correas) y, levantándola no sin cierto esfuerzo por encima de su cabeza, la colocó de nuevo en su sitio habitual (el coronel era un hombre de costumbres) encima del armario. Una vez hecho aquello volvió a tomar asiento ante el escritorio, retomó la pluma y se enfrentó de nuevo a  su descripción de cómo había llegado a hermanarse con los temibles guerreros otanga, con quienes, por cierto, el coronel tenía más de un punto en común.

Apenas un minuto más tarde alguien llamó a su puerta.

—Adelante —dijo con cierto tono de exasperación engarzado en la voz.

La puerta se abrió y en el umbral apareció la señora Mason, su casera, una mujer de unos treinta y pocos años que en aquel momento llevaba el pelo revuelto y greñudo, no dejaba de retorcerse las manos con nerviosismo y portaba en los ojos una mirada cargada de preocupación.

—Disculpe que le moleste, coronel —le dijo con un leve temblor en la voz—. No deseo preocuparle, pero resulta que hace rato que no vemos a nuestra pequeña Doris y quería preguntarle si por casualidad la había usted visto en la última media hora.

—¿Doris? —preguntó el coronel con cierta impaciencia—. Ah, se refiere a su hija pequeña, ¿no es cierto?

—Así es, coronel —asintió la mujer—. La de dos años y medio. La más pequeña de mis niñas.

El coronel arqueó las cejas y miró a la mujer con cierta expresión de sorpresa.

—Vaya, pues no. Lo siento, señora —dijo—. ¿Debería haberla visto? Llevo encerrado en mi habitación toda la mañana.

—No, supongo que no —repuso la señora Mason—. El hecho es que uno de los otros huéspedes dice haberla visto en el pasillo de este piso justo antes del reparto de las bandejas de desayuno. Y, por lo que sé, es la última vez que alguien le ha puesto la vista encima.

—Pues lo siento mucho, señora, pero yo no la he visto —dijo el coronel—. De hecho, ni siquiera he salido de mi cuarto desde que repartieron ustedes el desayuno.

—¡Dios mío! —exclamó de repente la mujer—. ¡Pero si no ha probado usted bocado!

—¿Cómo dice? —preguntó él.

—Su desayuno —dijo la mujer señalando la bandeja que descansaba sobre una esquina del escritorio—. ¡Si ni siquiera lo ha tocado! ¿Le ocurre a usted algo, coronel? ¿Se encuentra enfermo? ¿No tiene hambre? ¿O no estaba de su gusto lo que le han servido?

El coronel miró la bandeja que señalaba la mujer y pareció levemente azorado.

—Oh, no se preocupe, señora Mason —respondió—. Es tan sólo que he pasado una mala noche y no tengo apetito. Quizás debí advertírselo antes de que repartieran ustedes el desayuno. Le pido disculpas por ello.

—Bueno, no tiene importancia —repuso la casera recobrando ligeramente la compostura—.  En tal caso será mejor que me lleve la bandeja. Así no le ocupará espacio en el escritorio y nadie le molestará a usted luego, cuando hagamos la ronda para retirarlas.

—Gracias. Es usted muy amable —convino el coronel.

La señora Mason se acercó al escritorio, tomó la bandeja con ambas manos y se dirigió de nuevo hacia la puerta.

—Por cierto —dijo antes de salir—, si viese usted a mi pequeña Doris, ¿sería tan amable de avisarnos? Estamos muy preocupados por ella. Hace mucho rato que no la vemos y no sabemos qué le ha podido ocurrir. No es habitual que esa niña desaparezca durante tanto tiempo. Ella está siempre tan alegre, se deja notar tanto… No quiero ser alarmista, pero lo cierto es que estoy muy preocupada.

—Descuide —repuso el coronel—. Lo más probable es que esté en algún rincón del patio jugando con los animales. Pero,  de todas  maneras,  cuente con ello. Si la veo la avisaré.

—Muchas gracias, caballero. Es usted muy considerado —dijo la señora Mason esbozando una sonrisa.

La mujer se volvió y se alejó por el pasillo portando la bandeja ante sí. El coronel aguardó un par de segundos a que ella se alejara y, acto seguido, cerró lentamente la puerta de su cuarto. Una vez a solas, Julius Ochaward Fitts-Pink exhaló un nuevo suspiro, sonrió para sus adentros y se acercó lentamente hasta el escritorio. Cuando se sentó para enfrentarse de nuevo a la hoja en la  que  estaba  plasmando  sus  recuerdos,  algo  se  agitó  en su interior. Sin poder remediarlo, eructó y, acompañado por un leve sabor agridulce, regurgitó lo que parecía ser un pequeño pedazo de cartílago infantil.

Sin apenas inmutarse, el coronel cerró los ojos y se obligó a tragar aquel minúsculo resto del excelente desayuno que había apurado apenas un rato antes. Al hacerlo, un fugaz pero inconfundible sabor a carne cruda le inundó el paladar. Entonces levantó la mirada y clavó la vista en su maleta, la cual continuaba, tal y como la había dejado, en lo alto del armario. Mientras acariciaba ésta con la mirada, pensó que cada vez faltaba menos para que llegase  la hora de comer y, con ella, el momento de apurar su próxima ración.

Todo a su debido momento.

Al fin y al cabo era un hombre de costumbres.


Manuel Ortuño

Del Libro: Relatos desde ambos lados

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