“Obsesión”, de Fernando Veglia

La época de sequía era impía. El sol castigaba extensos pastizales amarillentos, gigantescas rocas grises, arbustos espinosos y enmarañados árboles negros sin follaje. El río era un cauce lodoso hiriendo la tierra, una carretera de charcos sucios. La falta de agua trastornaba a las bestias, las volvía feroces y despiadadas. Sobrevivían los más fuertes: era la única ley.

Un grupo de hienas soportaba el azote del calor estoicamente, gozaba de la exigua sombra de un árbol viejo y de abundante comida; muchos herbívoros morían arriesgándose a beber. Sólo las aquejaba la sed y la insoportable obsesión de un joven macho con los hombres.

La inaudita obsesión había nacido hacía dos años. Sucedió cuando la ingenua hiena, segura de cazar a un niño rezagado de su clan, fue ahuyentada a pedradas. Las piedras le magullaron el lomo y despertaron su insaciable curiosidad por los misteriosos y poco abundantes bípedos.

Desde que abandonaba la manada para espiar a los hombres, retornaba con disparatadas historias. Para las otras hienas sus habladurías eran irritantes, la mayoría lo ignoraba y unas pocas lo escuchaban atentamente. Había dicho que los bípedos cazaban arrojando ramas afiladas o blandiendo piedras, que utilizaban las pieles de otros animales para camuflar su repulsivo olor, que conocían las rutas migratorias de los herbívoros y los emboscaban, que guiaban a los caballos a los acantilados y los forzaban a arrojarse o que los encerraban entre trozos de árboles.

Una de sus compañeras, la única que lo apreciaba sinceramente, había notado que el tono de sus estridentes carcajadas era huidizo y su conducta hiperactiva e inquieta, que actuaba como si un terrible depredador lo persiguiese. Estaba preocupada, temía que perdiera la cordura. Sus ausencias, cada vez más prolongadas, a veces de dos o tres días, no pasaban desapercibidas en la manada y muchos miembros deseaban castigarlo o expulsarlo.

El calor era aplastante, mantenía a las bestias inmóviles y jadeantes, hacía que los pastizales hirviesen y que el aire quemase. Las hienas aguardaban el atardecer bajo el viejo árbol, no desperdiciaban una sola porción de sombra y, a pesar de las tentadoras presas, conservaban las energías. Sin embargo, una silueta, recortándose en el ardor del horizonte, alteró la pereza de la manada. Todos agudizaron la vista y el olfato para distinguirla.

—¡Es el demente! —gruñó una vieja hembra— No aporta nada. Es un peso para todos, es un inútil.

—Creo que está cojeando —advirtió un cachorro, captando la atención de todos.

—Sí, está herido —confirmó un corpulento macho de un gruñido— Huelo su sangre.

La hiena obsesiva estaba herida, caminaba con dificultad y sabía que, quizá en uno o dos días, moriría; una lanza de los bípedos la había golpeado en la cadera. Sus pares no la recibirían pacíficamente, pero deseaba advertirles que estaban en peligro.

A medida que ganaba terreno, olfateaba la insoportable tensión, distinguía fieras expresiones, escuchaba nerviosas risotadas y detestables quejidos. El esfuerzo le resultaba intolerable, la sed quemaba por dentro y la herida lo debilitaba a cada paso.

La fatiga lo detuvo a un metro y medio de los suyos. Los gruñidos lo rodearon exigiéndole explicaciones. Por unos instantes, observó a su compañera.

—He regresado para advertirles que están en peligro —gruñó la hiena obsesiva.

—¿Qué sucede? ¿Los bípedos desarrollaron garras y colmillos? —ironizó una hembra y las carcajadas estallaron bajo el viejo árbol.

—¡No! Toda la manada está en peligro. Escuchen, los bípedos son capaces de cazar cualquier herbívoro. He visto como cazaban un rinoceronte macho y corpulento…

—¡Lo cazaron de una pedrada! —interrumpió un cachorro y una marea de nerviosas carcajadas sacudió los pastizales.

—¡No! —gruñó, visiblemente iracunda, la hiena obsesiva— ¡Cazaron el rinoceronte haciendo un hoyo en la tierra!

Las hienas rieron a pata suelta, sus risotadas partieron la calurosa monotonía y despertaron la curiosidad de las otras bestias.

—¡Vete mientras puedas! —advirtió una vieja hembra— No necesitamos una carga, estás herido y no aportas nada.

—Escuchen. Deben creerme. Los bípedos no respetan los designios de la naturaleza, acaban con todo lo que los rodea y vienen hacia acá…

—Nadie está por encima de la naturaleza ¡Vete de aquí! —sentenció un macho corpulento, exhibiendo los colmillos y excitando al resto.

—¡Ellos dominan el fuego! —advirtió de una carcajada, la hiena obsesiva.

—¡Calla! ¡Nadie está por encima de la naturaleza! —gritó la vieja hembra.

—¡Ha perdido la cordura! —sentenció un joven macho, lanzándose al ataque.

—¡Hereje! ¡Hereje! —gruñía la manada entera, excitándose y disponiéndose a matar.

No tuvo oportunidad. La herida impidió que huyera y sus colmillos fatigados no sirvieron de nada. Panza arriba y exhausta, fue despedazada. El cadáver desmembrado no fue devorado, el calor aceleraría la putrefacción y los buitres terminarían la faena.

Desde la sombra del viejo árbol, la compañera de la hiena obsesiva y hereje lo había visto todo. Erguida e imperturbable, no participó de la matanza desafiando las leyes de la manada: estaba preñada.

Fernando Veglia


Del libro: “Crónica Animal”

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