“El cenicero”, de Manuel Fonseca

Cuando Fernando Salas, el hombre que durante quince años ha ejercido de silencioso, eficaz secretario, entra en la habitación extrañado ante el mantenido silencio y de la tardanza en salir de su jefe, sabe que éste ha muerto; ante el cadáver no muestra otro sentimiento salvo la debida confusión sin afecto ni rencor hacía quien fue su patrono. Es fácil afirmar que arrastra una larga experiencia en humillaciones, en desprecios públicos y privados, pero sería falso; Friedrich Moltensen, supuesto industrial cuyas rarezas acabaron por convertirlo en un Howard Hughes hispano, sólo le dirigía la palabra para indicar las tareas imprescindibles, tal cosa ocurrió muy al principio, al inicio de los años noventa del siglo pasado. Desde entonces raramente hablaban, ni siquiera en navidad, cuando el señor Moltensen le entregaba una sustanciosa gratificación con la asepsia que se le supone a quien no desea contaminarse en el ejercicio de una rutina obligatoria y molesta. Jamás, ni un solo día a lo largo de esos casi diez años, ha habido el menor gesto de complicidad, la más pequeña muestra de confianza que le permitiera relajar la vigilancia, sentirse apreciado en su, por otra parte, apasionante trabajo; ni siquiera una mirada indicadora de un pasajero disgusto. Era casi invisible, peor aún: era una mesa, una silla del despacho, un pasamanos de la escalera; un objeto anodino y fácilmente sustituible. Nada que ver con la valiosa colección de manuscritos, incunables y primeras ediciones en los cuales el enigmático señor Moltessen había invertido millones de rubias pesetas junto a una paciencia franciscana para convencer, amenazar, persuadir en una palabra, a los propietarios de aquellos ejemplares insólitos y maravillosos que poblaban su selecta biblioteca.

Protegidos por cristales blindados se alineaban varios Beatos, el único ejemplar en pergamino (no era cierto, existía otro, lo supo merced a sus muchas gestiones) del “Psalterio de Maguncia”; a su lado “Las Epistolae” de Pietro Delfino y el “Fide Concubinarius”, de Oleario, junto a una edición del “Malleus Maleficarum” encuadernada con la piel de una desgraciada que la Iglesia condenó por brujería. Había libros escritos en árabe, uno de los más difíciles de conseguir, en el que se gastaron millones, se movieron extrañas influencias, se utilizaron los servicios de gente poco clara, fue el “Kitab al-Safà”, de Kushyâr inb Labban, el astrónomo nacido a orillas del Caspio cuyos comentarios sobre Pitágoras y la teoría de las sucesivas esferas celestes casi le cuesta la vida por blasfemo. Se consiguió a los seis meses de la invasión de Irak y la consiguiente dispersión de la biblioteca de Bagdad. Un encargo tremendo, tanto por el esfuerzo como por el riesgo. Salas recibió, como siempre que Moltensen deseaba encomendarle una nueva misión, una relación de números de teléfono junto a un par de folios con las instrucciones necesarias para mover aquellos contactos secretos. El resto lo dejó en sus manos. Moltensen jamás intervenía directamente, no usaba el teléfono cuyo sonido le era especialmente molesto, en su estudio particular no había ordenadores ni móviles. El único aparato eléctrico, bien visible, por cierto, era el aparatoso reproductor de música instalado por una empresa especializada en sonido que trabajó dos semanas hasta lograr la perfección acústica exigida. Un artilugio potente, perfecto es la palabra, en el cual sonaban una y otra vez los compases de Bach. El único capricho, ajeno a su afán coleccionista. Por lo demás era parco en la comida y la bebida, jamás iba al cine, no visitaba restaurantes, no recibía invitados ni asistía a ningún acto público. Un hombre de costumbres espartanas que le llevaban a la cama a las diez en punto, a las cuatro ya estaba despierto, enfrascado en la lectura de sus libros o en la preparación de uno de aquellos precisos cuadernos de instrucciones que le entregaba a primera hora de la mañana, para que la eficaz red de colaboradores, a cuyo frente estaba Salas por méritos propios, se encargara de la espesa tela de araña que servía doblemente a los fines del industrial: por una parte le alejaba de la gente, por otra le mantenía informado de cuantas cosas ocurrían en el mundo. De hecho cada mañana se le entregaban las principales noticias de prensa para que el patrón las repasara en silencio, sin mirarlo ni una sola vez, en tanto él, en pie al otro lado de la mesa, aguardaba una indicación para retirarse o tomar alguna nota dictada con su estilo preciso y elegante. A continuación llegaba la correspondencia, abría cada sobre ajeno a la impaciencia, ayudado por un exquisito puñal japonés. Hasta las tres, en ocasiones hasta las cuatro de la tarde, se desarrollaba un frenesí de respuestas, de órdenes tajantes, de revisar notas y balances llegados desde todo el mundo a la sala de ordenadores situada en el otro extremo de la casa, donde el sonido de las impresoras no pudiera interferir las notas emitidas por la cadena musical. En contadas ocasiones se dignó dirigirle la palabra sin que se tratara de una orden ni una sugerencia: “el silencio es un regalo de los dioses”. Un comentario que no buscaba respuesta, en realidad se trató de un pensamiento expresado en voz alta ante el disgusto provocado por la acción de una maquinaria de obras públicas a escasos metros de la residencia.

Salas no pudo asegurar a la policía el tiempo que se mantuvo inmóvil junto al cadáver; pero debieron ser muchos minutos o tal vez uno solo en el cual su cerebro pasó revista al tumulto de recuerdos que le asaltaron, desde el momento en el que entró al servicio de Moltensen, a través de un anuncio en el periódico, hasta el presente. Había acudido a una agencia de contratación donde un individuo relamido que parecía conocer su vida mejor que él mismo lo sometió al interrogatorio habitual en estos casos. Salió de la agencia convencido de haber sido descartado; pero menos de veinticuatro horas después le indicaron la dirección donde debía presentarse para una última entrevista, la definitiva. Así conoció a Moltensen, en el transcurso de una breve conversación en la que todo estaba decidido de antemano. Acordar los términos del contrato no supuso demoras, el sueldo era más del esperado, la tarea, a simple vista, no encerraba especiales dificultades. “Tomaré un tiempo para contratarlo de fijo, buena suerte”, le dijo a modo de conclusión. A continuación visitó una prestigiosa asesoría laboral para firmar los documentos necesarios, el patrón apreciaba ante todo la legalidad y la discreción absoluta. Cinco años pasaron para que al finalizar una sesión de trabajo especialmente penosa le señalara con su dedo manchado de nicotina, ¿Sabe por qué le elegí?, No señor. Usted se aproxima a la inmortalidad. No le comprendo, señor. Balbuceaba como un escolar pillado en falta; Moltensen parecía divertido: su fecha de nacimiento: veintinueve del dos del setenta y cuatro. Fue bisiesto, dijo en tono de disculpa. Moltensen movió la cabeza al tiempo que se volvía de espaldas. La fecha de nacimiento no determina una vida aciaga o afortunada; pero, en general, nacer un 29 de febrero trae buena suerte y en este oficio hacen falta tres cosas: valor, inteligencia y suerte. ¿Lo comprende?. Bueno, es igual. Quizá no lo comprenda en su vida. Siga con su trabajo.

“Era inevitable que acabara así”, murmuró mientras contemplaba absorto el cuerpo tirado sobre la alfombra. Un testigo imprevisto hubiera captado el inicio de una sonrisa, su jefe siempre le había recordado al Larsen de Onetti trasplantado desde el otro lado del océano a este rincón de España, envuelto en sus trajines financieros, en sus secretos inmutables, en la oscuridad mantenida contra viento y marea. Le recordaba al último liquidador de los astilleros de Santa María, el hombre al que miraban sin ver; sin embargo el Juntacadáveres de la novela no era, precisamente, un amante de los libros, mucho menos un tipo capaz de gastar millones en un volumen perdido (o robado) de cualquier biblioteca. Moltensen era capaz de mantenerse inmóvil, absorto durante horas en la contemplación de los volúmenes perfectamente alineados en las estanterías, de abrir, con cuidado exquisito, cualquiera de aquellos libros y leer fascinado sus líneas antiguas y misteriosas. Caprichos de millonario menopáusico, comentaron los otros empleados en alguna ocasión, incapaces de comprender el riesgo del juego en el que su jefe repartía las cartas; él sí fue capaz de sospechar (el verbo no es excesivo) la verdadera personalidad del patrono, el perfecto entramado de intereses pacientemente tejido desde Dios sabía cuándo, manejados con habilidad de prestidigitador y la energía de un exorcista capaz de conjurar los riesgos con unas cuantas llamadas, una sucesión de mensajes apresurados, una misteriosa alusión a determinada página de un libro concreto. Era poderoso, sólo los verdaderamente poderosos logran mantenerse al margen, huir de las prisas, de los compromisos sociales; solo los poderosos son dueños de su tiempo que administran a su antojo, como la mejor fortuna, a fin de cuentas ser dueños de nuestro tiempo significa, en cierto modo, una vaga idea de libertad. Una prueba palpable de aquel poder de origen desconocido consistía en los numerosos regalos llegados desde todas partes del mundo. En una cámara especial situada en el sótano de la residencia se guardaban desde seis ánforas griegas del s. IV a. de C. a un exquisito huevo de Fabergé regalo de un, digamos, financiero ruso agradecido. Cada uno de aquellos objetos era etiquetado y contabilizado en un grueso libro bajo la custodia directa de Salas, quien además guardaba una de las dos llaves que abrían la puerta blindada de la nueva Cueva de Aladino. El último regalo llegó por agencia internacional de transporte, procedía de Egipto: un insólito objeto tallado por la naturaleza a lo largo de siglos. Era un fósil de nautilus, pero de una variedad que, según afirmó un entendido, sólo se podía encontrar en lo más alto de las montañas del Nepal; sin embargo lo que le confería verdadera originalidad era el extraño color que adquiría según incidieran sobre su superficie los rayos del sol, como si por dentro aún viviera el animal y emitiera una sucesión de ráfagas luminosas hasta dibujar en el centro una letra “M” nítida, rotunda. Una “M” de Moltensen. Desde luego era un regalo valioso, por su rareza y por el precio de tallar aquella delicada joya de la naturaleza sin menoscabo de sus asombrosas características.

Nada más presenciar la apertura del paquete (previo paso por un detector como medida de seguridad), ambos quedaron impresionados. Mucho más que cuando llegó el delicado Fabergé o la clepsidra romana. Moltensen se entretuvo interminables minutos con el fósil en las manos, como si necesitara acostumbrarse a su textura y su peso. Lo observó desde todos los ángulos posibles sin desdeñar la ayuda de una potente lupa. Su rostro, habitualmente hermético, se distendía en sonrisa de profundo agrado. Por unos instantes pareció menos viejo, las infinitas arrugas que recorrían su rostro como un mapa desaparecieron en tanto el sol, al incidir sobre el objeto, mostraba insolente la misteriosa letra “M” según informaba en carta adjunta la persona o personas autoras del regalo. “Las Maravillas”, murmuró como siempre que ordenaba algo, sin levantar la voz, sin preocuparse de ser obedecido. “El primero del segundo estante, en la tercera librería”, aclaró paciente. Salas se dirigió a la estantería donde se guardaba el “Aja’ib al-makhlûqât” o “Libro de las maravillas de la naturaleza” cuyas ilustraciones, preciosas y perfectas, había contemplado en alguna ocasión. Moltensen, decidido (recordaba el contenido de cada página con absoluta precisión) lo abrió hacia la mitad más o menos, donde figuraba la ilustración de un nautilus semejante junto al comentario de Muhammad ben Mahmud al-Tusï quien invocaba la opinión de Aristóteles para asegurar que se trataba de mera “exhalación seca que se elevaba desde la tierra”. Una opinión irrefutable para los comentaristas árabes del estagirita y sin embargo las anotaciones indicaban el desacuerdo inicial de un anterior propietario que había intercalado, con tinta roja, siete líneas sobre el margen superior. Moltensen cabeceaba satisfecho, sin duda leía árabe aunque él jamás le escuchó otro idioma salvo el castellano con un agradable acento hispanoaméricano, tal vez argentino, quizá uruguayo. Pero Salas ya no existía, de nuevo era un mueble más, una cosa inanimada a la espera de recibir la orden para devolver el volumen a su lugar. Quince minutos más tarde cuando se disponía a sentar el regalo en el libro de registro, pensó que, tal vez, no fuera lo más indicado ya que su jefe lo acababa de emplear como cenicero, de lujo, pero cenicero a fin de cuentas.

Y precisamente allí estaba, sobre la mesa, en la subordinada tarea de contener un triste montón de ceniza y los restos de un magnífico Corona que Moltensen solía fumar en las precisas horas que anteceden a la noche. Difuminada por la penumbra aún era visible la “M” que tanto había asombrado al fallecido. Por lo demás reinaba la más completa calma en el inmenso despacho, las estanterías continuaban cerradas, no faltaba ni un libro, ni un papel estaba fuera de su sitio. Mejor dicho, sí había un libro sobre al atril, Las Mil Y Una Noches, a su lado una cuartilla de grafía trazada a toda prisa, con mano temblorosa, tal vez enferma. “U. Eco”, logró descifrar con cuidado de no tocar nada, había visto demasiadas películas policiacas, no deseaba que lo mezclaran en aquella muerte por un descuido idiota. Entonces se dio cuenta que le faltaba aire, sus nervios le traicionaban, necesitaba un cigarrillo urgentemente, abandonar el despacho, llamar a la policía.

Anduvo hasta la puerta con cuidado de no tropezar con el muerto, enfrente la estantería abierta donde reposaban los volúmenes lujosamente encuadernados de Burton. Despacio, asustado por las consecuencias de su descubrimiento, volvió sobre sus pasos para leer atentamente las dos páginas abiertas de la noche que refiere la muerte del rey por obra del curandero a quien había condenado a la última pena. La historia es pavorosamente sencilla, en realidad es la historia de un envenenamiento: el médico, para vengarse, impregna el mango de la pala con la que el rey jugaba al polo con un ungüento tóxico que al contacto con la piel sudada provoca una muerte inevitable. Él había visto algo parecido, mejor dicho, leyó una novela en donde los sucesivos lectores de un libro prohibido también morían emponzoñados por el veneno contenido en sus páginas. Todo casaba. Sin duda Moltensen se sintió indispuesto a lo largo de la noche, lo suficiente para comprender que había llegado su última hora. Un hombre de costumbres tan morigeradas como él no debía temer indigestiones, ni siquiera un fracaso coronario. Lo habían envenenado, por eso abrió el ejemplar por aquella noche concreta, por eso escribió, quizá con sus últimas fuerzas, el nombre del escritor italiano, con el propósito, tal vez, de suministrar una pista que permitiera descubrir a sus asesinos, luego, sintiendo la proximidad de la muerte, agónico quizá, buscó un teléfono para pedir auxilio. Un teléfono que se hallaba, como todos, lejos de su despacho. Así le sobrevino la muerte. La herida de la frente era consecuencia de la caída sobre la mesa auxiliar.

Aparentaba tal estupor cuando llegó a la sala de ordenadores que no pudo articular palabra, otros dos empleados se encargaron de acudir al despacho del patrono y descubrir la escena. Después llegó la policía, con abundante parafernalia de sirenas, también acudió una UCI móvil, incluso los bomberos. Todo inútil, la rigidez del cadáver aseguraba su muerte muchas horas antes. Se produjo un interrogatorio elemental a la espera de la preceptiva autopsia mientras un par de especialistas desganados buscaban huellas digitales en la mesa, las estanterías, la ventana que llevaba sin abrirse cerca de un año. ¿Tiene algún significado para Vd. este papel? Ninguno, el señor Moltensen gustaba leer Las Mil Y Una Noches. ¿Y por qué escribió U. Eco?. Es el nombre de un famoso profesor italiano, tal vez quisiera consultarle alguna cuestión determinada. Él estaba en contacto con numerosas personalidades del mundo financiero y cultural. La respuesta satisfizo a los policías, máxime cuando el forense indicó como causa de la muerte un infarto de miocardio. Al no existir herederos conocidos el estado se hizo cargo de la mansión y de sus tesoros, se le pidió que entregara los libros de contabilidad antes de firmar un trabajoso documento. Le dieron las gracias y se marcharon.

Supo que lo habían investigado, alguien entró en su casa con la torpeza del principiante o quizá con la insolencia que otorga saberse impune para darle a entender que estaba a su merced. Revolvieron algunos papeles, nada importante: cartas de sus padres y facturas; buscaron en los cajones, incluso en el frigorífico. Todo tan normal, tan rutinario, tan apropiado en el piso de un hombre soltero, que optaron por olvidarlo. Seguramente pensaron que una persona tan pusilánime era incapaz de orquestar un asesinato perfecto, que ninguna persona en su sano juicio le confiaría el trabajo de sicario.

Encontró un nuevo trabajo, debió bajar su, por otra parte, sencillo tren de vida, acostumbrarse a un trato diferente, más amistoso, pero más vulgar. A los dos años pidió el finiquito, sus padres habían muerto, le dejaron algunas rentas, nada del otro mundo, lo suficiente para ir tirando, explicaba cansino. Compró una discreta casa en una lujosa urbanización del Alentejo. Allí, frente al mar, transcurría la apacible vida del Señor Francisco Matías Bueso, adinerado caballero español de impecable comportamiento que asistía a la función religiosa de los domingos en la pequeña iglesia del pueblo y jugaba al dominó con el jefe de la policía local, el sacerdote y un anciano profesor de matemáticas algo gruñón. Nada en el interior de su vivienda permitía conocer ni su fortuna ni sus añoranzas, salvo un pequeño detalle que pasaba desapercibido para sus escasos visitantes: en una estantería, justo al lado de la ventana, reposaba un fósil de nautilus.

En algunas ocasiones, cuando no tenía partida, ni esperaba visita, se sentaba tranquilamente a contemplar la “M” sonrosada y negra que florecía bajo los rayos del sol.

Manuel Fonseca

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