“El conductor del metropolitano”, de Francisco Villasante

Era un adolescente convencional, más de Star Wars que de Star Trek, más de Xbox que de Playstation. Como todos los adolescentes convencionales, desde los quince años, tenía constantes enfrentamientos con su padre. Lo que más le exasperaba era que su padre era monotemático. Él también, claro; pero no lo sabía. Su padre estaba obsesionado con el metro, con el ferrocarril metropolitano, como él lo llamaba pedantemente o quizá por un ejercicio de nostalgia. En todas las reuniones familiares, acababa hablando de las tres generaciones de conductores del metropolitano y de cómo se había truncado la cuarta por el empecinamiento de su hijo que en vez de tener los pies en el suelo, los tenía en las nubes (espacio estelar, podía haber afirmado). Entonces volvía a relatar (no a contar, porque era una narración pormenorizada, de un realismo decimonónico) cómo su abuelo había sido uno de los conductores que había asistido a la inauguración del 17 de octubre de 1919 ante don Alfonso XIII; sin olvidar el dato de que dentro de la primera línea figuraba también Chamberí, la que luego sería estación-fantasma y posteriormente estación-museo. El padre de su padre, el de la segunda generación de conductores, también había sido testigo de otro de los hitos de la historia del metro: la ampliación de los andenes de 60 a 90 metros para propiciar el uso de trenes con seis coches. Y su padre mismo, el final de la saga de conductores del ferrocarril metropolitano, afirmaba, con honda congoja, que había vivido en primera persona la ampliación de la línea seis hasta convertirla en circular, como un anillo de poder, pensaba su único hijo hastiado por volver a presenciar la reedición de la misma historia relatada casi con las mismas palabras y la misma entonación.

El joven que no quiso ser conductor del metropolitano y su madre se dejaban llevar por las escaleras mecánicas. Ese abandonarse le recordó a los veranos de su infancia cuando se dejaba acunar por las tenues olas del Mediterráneo, tumbado boca abajo y sintiendo en los dedos de los pies el roce de la arena sumergida. Sin embargo, llevado por la escalera, descendía con los hombros hacia atrás, jarcias que ayudaban a tensar el velamen del pecho hinchado por los vientos de la determinación, con la cabeza levantada y los ojos orientados hacia un horizonte prácticamente inexistente. Descendía hierático, impasible ante el constante pasar de viajeros azuzados por la urgencia de no perder un tren que se renovaba cada dos minutos. Entre sus manos levantadas a la altura del esternón, transportaba, acompañado por su madre, una especie de vasija a modo de cáliz sagrado.

Con su madre apenas discutía. Ella no lo exasperaba. Era una mujer dulce, paciente, sobre todo, paciente, a veces, hasta un poco sufrida. Dirigía la casa con la sabiduría atesorada por generaciones de mujeres, madres de cinco o seis hijos, que eran capaces de convertir sus hogares, que siempre se quedaban pequeños, en un universo modesto y eficiente, en donde imperaba la justicia primitiva de los fundadores de la raza, lejos del misógino monoteísmo; aunque, a la vez, eran mujeres imbuidas por ese dios de hombres y para hombres. Creía, por lo tanto, en la Iglesia y sus ritos, pero no compartía los anatemas que los jerarcas y muchos de sus acólitos lanzaban contra todos aquellos que no se plegaran a sus intereses. Ella era capaz de ver bondad en los argumentos de los defensores del laicismo en el Estado; en los comunistas que se cargaban de razones cuando hablaban de la Iglesia como aliada de las peores dictaduras y de los más nefastos poderes y que se deslegitimaban cuando apoyaban los totalitarismos que se adornaban con la retórica marxista; de ver bondad en las feministas que reclamaban el aborto como un derecho no como un lujo y en los homosexuales que exigían ser ciudadanos con todas las garantías. Con 51 años, seguía yendo todos los domingos a la parroquia; sin embargo, su sentido de la justicia le permitía verse libre de esa intolerancia que se potenciaba desde algunos púlpitos y desde los medios de comunicación, de supuesta orientación católica, afines a esos grupos de poder tan cercanos a la tradición franquista. Normalmente, cuando él discutía con su madre, era por temas más o menos banales: su falta de compromiso con las tareas de casa, su mejorable rendimiento académico, su actitud adolecente de auténtica sensibilidad hacia su padre… Su disputa más seria fue precisamente por su padre: cuando falleció, él comprendió que debía ser incinerado, como pidió su progenitor y que además las cenizas tenían que ser arrojadas a las vías de la línea 1 de Metro; pero ella se negaba tajantemente a no inhumarlo, a no cumplir con el rito de siempre. Su hijo la convenció argumentando que nunca estaría tan sepultado como en el Metro, su hades particular de donde jamás ningún orfeo podrá arrancarlo.

Francisco Villasante

Del libro: “Hábitat o El viaje subterráneo”

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