“Pensamientos”, de José H. Pellicer

Manuela entró y cerró la puerta tras de sí. Fuera quedaba un día de trabajo agotador, de reuniones y tensiones. Pero al fin, estaba en casa. Por un momento, en silencio, se quedó allí parada disfrutando la sensación de estar ya en su hogar. De fondo, el sonido lento del reloj de la entrada, tic-tac, pausado, perenne, en el que ella misma parecía ajustarse relajando todas sus palpitaciones. En el ascensor mientras subía, había sentido la necesidad de empezar a ponerse cómoda soltándose el pelo, el botón de arriba de la camisa y la chaqueta. Era algo que siempre hacía tratando de ganar momentos a su comodidad. En casa estaba Juan, su marido, un hombre recio que desprendía masculinidad por todo su físico; de facciones varoniles bien marcadas, moreno y alto. Ella, aunque también alta, era sin embargo, suave en sus formas, delicada, mujer cien por cien, una correcta mezcla de estradiol y progesterona, perfectamente equilibrada que hacían de ella una bella mujer.

-Hola guapo- le dijo a su marido dándole un beso, mientras cruzaba el salón- ¿qué tal el día?

Él, como hacía siempre, se limitó a mirarla apenas respondiendo con un “hola” sin demasiados gestos y casi sin desviar su atención del televisor, aunque una vez que ella le rebasó, en su tránsito hacia la habitación, por sus espaldas, y como también hacía siempre, se fijó en todos los detalles de su fisonomía: el paso desenfadado, sus graciosos movimientos de cadera, la elegancia de su torso; el traje chaqueta que vestía, la largura de su falda y sus bellas extremidades bien contorneadas; el color de sus medias y el de sus zapatos; la alegría con la que siempre llegaba a casa y que la manifestaba en cada paso que daba. Alegre, como mujer enamorada.

Después de ducharse y ponerse cómoda salió en pijama y antes de volver al salón a sentarse con su marido pasó por la cocina a ponerse algo en la bandeja y comérselo allí junto a él.

-¿Quieres que te lleve algo, has cenado ya?-le dijo desde allí.

-No, déjalo, ya cené hace un rato.

Y ella, dejando la cocina llegó al salón.

-¿Qué tal el día? No me has dicho nada-volvió a preguntarle una vez acomodada frente a él.

-Bien, ya te dije- y siguió mirando hacia el televisor- tú seguro que muy ocupada como siempre.

-Sí, la verdad que sí. Hoy hemos tenido que confeccionar la programación del Departamento para el próximo año y nos ha llevado todo el día de trabajo y discusión. Estaba deseando llegar, ducharme y ponerme cómoda… ¿Qué estás viendo?

Esperó unos segundos y al ver que Juan no le respondía no quiso interrumpirle de nuevo y se limitó a mirar la televisión, aunque de vez en cuando lo miraba: “¡Cómo lo quiero! ¿Estaré haciendo algo mal para que siempre esté tan serio?, es el hombre de quien me enamoré, guapo y atractivo y del que aún sigo enamorada. Mírale ahí. ¡Cuántos años a su lado! Toda mi vida. Qué guapo era de joven y qué guapo sigue siendo. Mis amigas siempre me miraban con envidia: el “disc jockey” de la pandilla y ¡cómo presumía yo! ¡cómo lo quiero! Y mira que somos diferentes, pero no podría estar sin él. Mírale ahí, tan serio, como el primer día que entró en mi casa…”, pensaba mientras cenaba. Estar a su lado le inspiraba tranquilidad.

-¿Te has echado crema en las manos y la cara, quieres que te la traiga?-le indicaba ella

Pasaron unos largos segundos hasta que él respondió.

-No, déjalo, hoy no me ha dado demasiado el sol, cada día tenemos menos trabajo.

Ella volvió a poner su atención en el televisor.

“Que presumida. Siempre tan altiva y prepotente. Como si ella fuera la única que tiene un buen trabajo. ¡Qué hubiera hecho sin mí! Dónde estaría y en qué trabajaría. De cualquier cosa… Desagradecida. Yo fui quien le permitió estudiar, quién le dejó ir a la universidad. ¡Qué se cree!…Golfa presumida, a saber qué es lo que hace y con quien está… Golfa”. Pensaba mientras la miraba esporádicamente de reojo con mirada punzante, ahora, ella con su gran mata de pelo rubio y largo recogido, con un pijama ancho y cómodo, descalza y con ambas piernas cruzadas sobre el sofá bajo la bandeja. “Sí, estoy seguro que está todo el día tonteando, o quizás más… lo sé…”

-Me voy a la cama.

-¿Ya te vas?- le respondió Manuela- vale, no te preocupes ahora recojo yo todo. Tú acuéstate que mañana también te espera un día duro.

Y así lo hizo. Terminó de cenar y tras comerse un dulce se levantó y ordenó todo el salón, cada cojín en su sitio, todo ordenado. Después se fue a la cocina y en la galería vio el contenedor de la ropa sucia y aprovechó para poner la lavadora. “La voy a dejar lavándose y por la mañana la tiendo antes de irme”.

A esa hora de la noche, una vez que se quedaba sola, a veces, se quedaba sentada leyendo confortablemente bajo la leve luz de la lámpara del salón. En el silencio, le gustaba mirar y sentirse rodeada de todas sus cosas, cada una de ellas había sido concienzudamente elegida y colocada a gusto, tanto de ella como de Juan.

Una vez acabado todo, apagó la luz y se fue al cuarto de baño.

Él, desde la cama, la veía parcialmente a través del espejo del aseo, mientras en su mente miles de pensamientos amontonados forcejeaban por salir atropellados desprendiendo odio, rabia y dolor a su paso.

Ella se seguía peinando plácida y sosegadamente su largo pelo sedoso y rubio, confiada y segura de estar en el único sitio en el que encontraba quietud y reposo, su oasis especial, su dulce hogar.


J. H. Pellicer

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