“Presa fácil”, de Fernando Veglia

El tigre dientes de sable, desde la cima de un peñasco, observaba una manada de venados. Su pelaje amarillento conservaba las marcas de gloriosas cacerías y de fieras peleas. Una garra rival lo había privado de un ojo y un mordisco artero de una parte de la oreja derecha.

Hacía más de dos años, un joven macho le había arrebatado el liderazgo. La lucha había sido justa y debió mantenerse a buena distancia de los suyos. Esa derrota, la única derrota que había sufrido, lo privó de todos sus privilegios.

Con enorme melancolía evaluaba a los venados e imaginaba qué sucedería si daba caza a uno de ellos. Su mente era el escenario de la cacería ideal. Elegía una presa, ni cría ni vieja, un desafío, elegía un macho adulto. Descendía del peñasco y, arrastrándose con sigilo, encontraba una posición ventajosa. Aguardaba lo indispensable, camuflándose con el follaje. Era invisible. La víctima intuía la presencia de una amenaza, la buscaba con la vista y el olfato, pero no la hallaba. La distancia entre ambos era cada vez más corta y tirante. Entonces, atacaba. La carrera era un relámpago. Sus poderosas garras derribaban al venado y sus colmillos lo aniquilaban instantáneamente, destrozándole el cuello.

Nada de lo que imaginaba sucedería. No podía hacerlo. La vejez lo había vencido silenciosamente, arrebatándole el vigor, gastándole garras y dientes. Gruñó impotente y observó complacido el temor de los herbívoros; lo habían identificado y, dando gritos de alarma, huían perezosamente. Aún infundía respeto, era reconfortante.

Recordó el motivo de su prolongado liderazgo; había derribado un búfalo macho de un solo golpe. Ese día, la suerte y sus ímpetus de juventud lo habían favorecido. Acorralado, aguardó la carga de la enorme bestia y, confiando en la fuerza de sus garras, asestó el golpe mortal. La proeza lo hizo famoso y llegó a oídos de toda la región. Qué había sucedido con aquél tigre dientes de sable, con el que mataba de un zarpazo. Había dejado de cazar jabalíes, venados y curiosos monos. Cazaba cabras. Era vergonzoso hacerlo, pero no tenía más remedio. Mucho peor era alimentarse de pavos.

La manada de venados continuaba alejándose, cruzaban un arroyuelo pedregoso. Eran diminutos puntos lejanos, manchas irreconocibles. De pronto, olfateó el aroma de su raza y percibió que ella estaba acercándose pesadamente. Continuó observando el bello paisaje verde, indiferente.

La tigresa dientes de sable alcanzó el peñasco costosamente. Disimuló el cansancio, gruñéndole a la orgullosa figura que observaba el horizonte. No obtuvo respuesta y fue a echarse a su lado. Ambos disfrutaron de las melodías de la jungla y del cálido atardecer. Ese universo de vida los cautivaba mostrándose inabarcable e inmortal.

—Es hermoso —dijo la tigresa, abriendo una fisura en el silencio.

—Nada puede oponerse a la voluntad de la naturaleza… Por cierto, ¿a qué debo tu visita? —preguntó el viejo tigre.

—Me preocupas…

—Eres un fastidio —gruñó el tigre.

—¡Deja a un lado tu estúpido orgullo! ¡Casi pierdes la vida cazando una cabra! —rugió la tigresa, mostrándose iracunda— ¡Regresa a la manada!

—¡Basta! ¿Regresar a la manada? Ni lo pienso. Sobreviviré cazando cabras. Te guste o no —rugió el tigre, amenazadoramente.

—¡Pues caza otro animal o morirás!

—¡Los tigres morimos cazando, es la ley de la jungla! —rugió el tigre, intentando acabar con la comunicación.

Ambos enfrentaron sus miradas hasta que ella cedió, abandonándose a una silenciosa contemplación. Él respiró profundamente, había perdido de vista la manada de venados y las primeras sombras comenzaban a expandirse sobre el paisaje.

Cientos de bestias, refugiándose en sus madrigueras y nidos, aguardaban la oscuridad y otras cientos estaban ansiosas por salir a cazar. Las melodías diurnas cedían ante las nocturnas y las numerosas bandadas de aves descendían sobre las copas de los árboles.

—Escucha… —dijo la tigresa, embargada por una profunda tristeza.

—¿Qué te sucede? —preguntó el viejo tigre con fastidio.

—He sido tu compañera y aún te aprecio. Comprendo que no desees regresar a la manada… Realmente te he visto cazar la cabra… Tuviste dificultades…

—¿Qué quieres? ¡Ve al grano de una buena vez! —rugió el tigre.

—Vine a decirte que puedes cazar otros animales, alimentarte mejor. Son animales bastante estúpidos y no te darán problemas. Sólo debes sorprenderlos en sus refugios, no tienen modo de defenderse…

—¿Cuáles son esos animales? —interrumpió el tigre, curioso.

—Ya sabes, esos bípedos temerosos…

—¿Los monos? No puedo trepar, qué tontería…

—¡No! Esos bípedos escurridizos, esos que le temen a todo, que viven encerrados en las cuevas…

—¿Cuáles? Ningún animal es tan vulnerable o idiota.

—Los hombres… —aseveró tímidamente, la tigresa.

—¿Te has vuelto loca? ¡Qué deshonra! Cazar un hombre no significa un desafío, no son rivales para un tigre dientes de sable. Una cabra o un pavo dan más jerarquía. ¡Qué los carroñeros cacen hombres!

—Si lo haces, vivirás más tiempo. Evalúalo, son la presa más débil de la jungla. No tienen garras, ni colmillos, y su piel es blanda…

—¡Son la escoria de la jungla! ¿Te has olvidado de quién soy? ¡Derroté a un búfalo de un golpe! ¡No mancharé mi reputación cazando estúpidos hombres! —rugió el viejo tigre dientes de sable, dando por terminada toda comunicación.

La tigresa rugió iracunda y descendió del peñasco, ignorando la severa mirada y la amenazadora dentadura de su antiguo compañero. Antes de perderse en la maleza, escuchó un último rugido claramente: “¡Prefiero morir de hambre a deshonrarme cazando hombres!”

Fernando Veglia


Del libro: “Crónica Animal”

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