“El baño japonés”, de Pablo Barbieri

Fue en un motel medio pelo, al costado de la ruta, de esos para dejar el auto y pasar la noche, de los que tienen varias edificaciones separadas.
Cansado por el viaje, quise pegarme una ducha antes de comer algo y dormir. Tras comprobar que el agua caliente no funcionaba, me vestí así nomás y fui a quejarme al conserje.
-Mil disculpas -pidió- Pero no tengo otra habitación… Solo puedo ofrecerle que use el baño de la 13b, ellos no tienen problema…
Un poco extrañado, toalla y jabón en mano, me dirigí a golpear la puerta en la 13b. De inmediato abrió un japonés, de unos cincuenta, o sesenta años (son difíciles de diagnosticar), todo chiquito él, y completamente desnudo. 
– ¿¡Qué quiere!? -me escupió, enojado como buen japonés.
– Yo… -titubeé- me dijo el conserje que me podía bañar acá…
– Ah, sí… -pareció comprender- Use ese baño.
Observé la escena detrás del asiático. La habitación estaba completamente vacía de muebles. Al fondo, una puerta abierta daba a un baño donde una japonesa desnuda y enjabonada gritaba unas palabras ininteligibles a mi interlocutor. A la derecha, había un corto pasillo que daba a otro baño, el que me ofreciera el japonés, del que salía caminando lo más campante otra japonesa de unos cuarenta, bien fea. También estaba desnuda, tenía las piernas tan separadas que podrían haberle implantado otra. Al verme, pasó caminando a mi lado sin inmutarse. No se avergonzaba, tampoco se insinuaba.
Perdido por perdido, y como ya estaba ahí, agradecí y me metí al baño. Todo transcurría relativamente normal, hasta que en un momento la luz se cortó y me encontré totalmente a oscuras. Eso me dejaba en una situación de desprotección para la que no estaba preparado. Me quedé quieto, esperando tranquilizarme y agudicé los sentidos. Creí escuchar algo como el sonido del picaporte. Luego, nada.
Podía tratar de resolver mi situación y luego terminar de bañarme o terminar primero y resolver después. Opté por la segunda.  Sin mayores incidentes, terminé de bañarme a oscuras y volví a la estancia principal, con la intención de irme.
La habitación, que momentos antes se encontrara vacía, estaba ahora ocupada en su totalidad por una mesa horrenda, setentosa, de fórmica amarillo verdoso y patas de metal, totalmente cubierta por restos animales, sin manteles ni platos. Resaltaban los costillares, habría una docena, demasiado pequeños para ser de una vaca; se me antojaban más a ternero, o a humano, o a perro grande. Y sentados a la mesa, los tres japoneses, comiendo como animales, salpicados hasta los pelos con pedazos de hueso, grasa, sangre por doquier. No alcanzaba a ver si estaban vestidos. Abrí la puerta y me coloqué del lado de afuera, como para poder irme.
– Gracias por la ducha -les dije- Buen provecho, huele bien.
Salí como alma que lleva el diablo, cuando me di cuenta que el japonés ya había alcanzado la puerta. 
– ¿Quiere llevar? -me ofreció. Tenía medio costillar cocido en la mano, increíblemente lo sostenía en alto solo con un tenedor.
Dudé en aceptarlo por un instante. 
– No, gracias- le contesté. 
Y me fui.

Pablo Barbieri

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