“…Porque de ellos es…”, de J. H. Pellicer

Para Alberto era imposible no sentir en estos días el regocijo de ser profesor. Él, que había tenido en su mano la oportunidad de serlo en alguno de los más prestigiosos centros de la ciudad y que, sin embargo, había decidido quedarse aquí, en el viejo y conocido colegio público de toda la vida y hoy, al comienzo del curso, volvía a experimentar en toda su amplitud la honda satisfacción de poder serles útil, de poder ayudarles y estar con ellos un año más. No hacían falta demasiadas cosas ni medios para estar caminando junto a ellos en esta nueva aventura de sus vidas y para esto mismo había querido un día ser profesor.

Su aula no era demasiado amplia. Tenía dos ventanas que ayudaban a mantener la claridad sobre todo en los días en los que el sol lucía resplandeciente en el cielo. Unas paredes bastante gastadas que no disimulaban demasiado bien todas las veces que habían sido repelladas y reparadas y eso, a pesar de los mapas y cuadros que colgaban de ellas y que ayudaban a tapar los desconchados que volvían siempre a salir en sus partes más húmedas. En cuanto a mobiliario, no era abundante, prácticamente sólo los pupitres, unas estanterías situadas al fondo en las que se ponían los libros que año tras año iban sirviendo para las nuevas generaciones de alumnos y una gran pizarra presidiendo el frente. Pero sí que tenía lo más valioso: ellos, los niños. Con sus carteras, sus libretas, sus plumieres, su atención, sus risas, su dependencia y gratitud sin límites; sus ojitos siempre abiertos con miradas que en unas ocasiones eran retraídas y, en otras, indagadoras y escrutadoras de la realidad. Irrepetibles.

El, en su niñez, también había estudiado en un aula similar a ésta en la que hoy estaba como maestro. Aquellos recuerdos de su infancia siempre estaban presentes formando parte de él; viejas aulas en las que se daban, en simultáneo, varios cursos: delante los párvulos y primaria, por el centro los de segundo y tercero y, al final, sentados en las paletas más grandes, los mayores que hacían cuarto e ingreso. O si se remontaba un poco más atrás hasta su primera escuela recordaba una habitación rectangular que tenía en el centro una larga mesa de madera, ancha y de tonos oscuros en la que se sentaba junto a otros niños y, frente a ella, un viejo profesor de modesto y vetusto traje cuya piel, en su cara y en su cuello, caía ya descolgada sobre el cuello de la camisa por el efecto de los años; impoluto y correcto en sus formas, impecable en maneras que supo ser el primero en despertarle al oficio que hoy tenía: “Tenéis que ser buenos estudiantes y futuros buenos maestros…”, les decía cuando tocaban las entregas de los premios de la semana a los más distinguidos.

Y ahora estaban allí frente a él, como un ejército de aspirantes a la vida; como libros nuevos con todas sus páginas por escribir. Con sus pequeños y lindos ojitos bien abiertos, mirando aquí y allá, expectantes. Algunos aún con las vacaciones del verano en sus mentes ya diluyéndose y transformándose en otra sensación diferente y nueva de fragancia maderada característica del que lo estrena todo: aula, compañeros, profesor, pupitre…

Mientras los miraba pensaba que ellos, los niños, son lo mejor de este mundo, lo más puro, noble y honesto. Lo más generoso, veraz y espontáneo. Él sabía muy bien que no hay diferencia en cuanto a ellos, hayan nacido aquí o allí, procedan de mejores o de peores familias, de esta raza o de la otra y que éstos que estaban aquí no son mejores que aquellos que iban a cualquier otro colegio. Más altos o más bajos, delgados o rechonchos, todos eran iguales en esencia. Juguetones, distraídos, dicharacheros, instigadores de aventuras, exploradores de nuevos mundos, soñadores… Indicando con la inocencia de sus miradas a los mayores que todo lo creen, que en todo confían y que todo lo esperan. Candorosos y sinceros. Por los que merece la pena gastar todo el tiempo y dedicar la profesión y el quehacer de una vida. No entienden de los asuntos y problemas de este mundo, ni de cuestiones económicas y políticas ya que viven en otro, que es el suyo.

“Para nosotros los mayores, sin embargo, el mundo y la vida son otra cosa. Invertimos nuestro dinero y medios en esto o aquello, le damos o le quitamos importancia a según qué cosas, clasificando y ordenándolo todo según unos u otros intereses. Anteponemos o relegamos; consideramos o desechamos haciéndolo, si hace falta, fríamente, perdiendo o arriesgando toda sensibilidad sin temor a estropearnos” Pensaba sobre su respaldo, “pero ellos sí tienen y mantienen esa piel fina y frágil, vulnerable y capaz de permear con facilidad el mundo que les rodea”.

Un año más ahí, frente a él, estaban sus miradas hambrientas de mirar; todas diferentes e iguales al mismo tiempo. Niños y niñas.
-¡A ver niños! Id sentándose y poned atención. Empezando por aquí delante y uno a uno, vais a ir diciendo vuestros nombres en voz alta.

Juan, Matilde, Ileana, Viorel, Alín, Agapito, Corina, Essàn, Farid, Olga, Ruth, Séfora, Isma, Walter, Edmundo y Fran, un total de dieciséis. Estos eran los que en este año componían el segundo curso de primaria. Parecían pocos pero eran los que eran. Para él, el profesor de nuestra historia, eran los suyos, los que tenía y los que atendería: “algún día, éstos que hoy están aquí, estarán juntos gobernando los asuntos del mundo y espero que lo hagan mejor”.

Y así pasaba aquella primera mañana de clase entre las sorpresas y alegrías de lo inesperado. Al finalizar, saldría el último cuando todo hubiera quedado recogido y ordenado, tal y como en su niñez hacía siempre aquel viejo profesor.


J. H. Pellicer

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