Día de la mujer

            Con motivo del día de la mujer, la editorial me ha pedido unas líneas acerca de escritoras que se refugiaron en pseudónimos y lleven setenta años fallecidas. La ocasión me resulta propicia para un leve planeo sobre la fascinante existencia de unas personas que, por ser mujeres, debieron refugiarse en la oscuridad y el anonimato del pseudónimo. Después, mucho después, los años que a todos acaban por hacernos polvo, las sepultaron entre capas de indiferencia. Del olvido las rescataron unas cuantas mujeres hambrientas de saber, para que hoy, tantos años más tarde, las conozcamos, porque, si se fijan, es el mejor modo de hacerles justicia.

Para cumplir el encargo he recurrido a Fernán Caballero, Colombine, María Martínez Sierra y a la más importante: mi Madre. Viene a estas líneas no como escritora, que lo fue, aunque jamás publicó nada, durante mi infancia destruyó todos los originales guardados en una maleta desportillada. La convoco porque hace falta mucho valor para ser madre soltera en pleno nacionalcatolicismo. Se precisa mucha audacia para desafiar la moral franquista y negarse a entregar el fruto de su vientre a la inclusa, exigencia familiar para alcanzar el perdón de los pecados; se necesita ingenio para articular una enorme mentira sobre su inexistente viudez y sacar adelante a su hijo con el mísero sueldo de Maestra Nacional. Dicho de otro modo (para encajar en el pedido de la editorial), mi Madre empleó un psudónimo inconcebible: su verdadero nombre y apellidos.

            Así luchó, desde el miedo y el silencio, contra un estado que fomentaba el abuso de autoridad y que, a cambio de mantener un régimen obsoleto, concedió a la poderosa Iglesia católica privilegios abrumadores y desconocidos que, para nuestro asombro, se mantienen en la actualidad; un Régimen que violaba la correspondencia y detenía y castigaba sin miramientos; un estado que observaba atento cualquier falta contra la moral católica. Ella, mi   Madre, estaba obligada a parecer más papista que el Papa. Esta actitud, refugio imprescindible, acabó por convertirse en condena; no sirvió de nada: hasta el final de sus días vivió en perpetua huida.

            Le debo la vida y una infancia habitada por la presencia del demonio acechante en cada acto, en cada omisión; pero por encima de cualquier otra consideración le debo la lectura, la hermosa libertad de leer. La música, el dibujo, la pintura; el arte. Le debo unas páginas que hasta hoy no he logrado enfrentar. Ella, solo Ella, mantuvo firme al último de los Fonseca y le enseñó que don Quijote era, sobre cualquier opinión en contra, un juego, una bella distracción para eludir la locura.

            Y, lo confieso, quizá por la profesión de mi Madre, Maestra Nacional, como he dicho, dos mujeres me atraen especialmente: Carmen de Burgos y María de la O Lejárraga.

            Carmen de Burgos (Almería, 10 de diciembre de 1867-Madrid, 9 de octubre de 1932), fue una mujer valiente y, a mi parecer, infortunada. Hasta hace relativamente poco la ciudad donde nació se había conformado con dedicarle una calle de la periferia con una placa cochambrosa, casi tan fea como la plaza dedicada a Gustavo Adolfo Bécquer en Granada. No cabe más que un adjetivo: horrible.

            A los dieciseis años contrae matrimonio con un hombre mayor que la decepciona desde la misma noche de bodas. A partir de entonces, creo, empieza a comprender su soledad, a fraguar un proyecto de vida capaz de alejarla de la mediocridad y le permita ser ella misma. Tras la muerte de su hijo se traslada a Madrid llevando consigo a su hija María Dolores, la única viva de los tres hijos que tuvo en su matrimonio. Abandona su casa, incluso su buen nombre y se marcha para cumplir su destino, hacer su biografía. Atrás queda un marido abandonado, recuerdos y reproches. Muchos, infinitos reproches.

            Las muy buenas páginas escritas por Blanca Bravo Cela, hacen inútil cualquier nuevo intento de apresurada biografía, si bien no quiero omitir (porque no debo), que Carmen de Burgos, antes de ser Colombine fue “Gabriel Luna”, “Perico el de los Palotes”, “Raquel”, “Honorine” y “Marianela”. Tras colaborar con una columna en el diario “El Globo”, en 1903 Augusto Suárez de Figueroa la contrata para el “Diario Universal”. Fue él quien le sugiere el pseudónimo con el que pasará a la historia de la literatura y el periodismo. Un pseudónimo poco afortunado. Al mismo tiempo logra una plaza de Maestra en la Escuela Normal, nada parece capaz de detener la energía de esta andaluza indomable. En el “Diario Universal”, su columna adquiere un nuevo matiz, lo mismo que sus novelas, no en balde, tras el desastre del “Barranco del Lobo”, se traslada al Rif para conocer, in situ, qué ocurre con nuestros soldados. De la conmoción producida por el encuentro con un ejército desmoralizado, embarcado en una absurda aventura colonial, surgirá un artículo definitivo: “Guerra a la guerra”.

            Además de su actividad periodística, es la primera española corresponsal de guerra, sostiene una tertulia literaria a la que acuden escritores como Eduardo Zamacois, Rafael Cansinos-Assens o Juan Ramón Jiménez. Y un escritor muy joven: Ramón Gómez de la Serna. Con él mantendrá una relación literaria y amorosa destinada a un abrupto final cuando Ramón y su hija María inicien un breve romance; no obstante Carmen de Burgos siempre consideró a Ramón un buen amigo. La infatigable actividad de esta mujer tan singular la lleva a realizar una extraordinaria obra periodística junto con imnumerables conferencias, entre las que destacan “La misión social de la mujer” y “La mujer en España”. Sin desfallecer ni un día culmina un plantel de novelas, quizá la más popular sea “Puñal de claveles”, basada en el crimen que tuvo lugar en el Cortijo del Fraile, en los Campos de Níjar, y que fue inspiración para García Lorca en sus “Bodas de sangre”. Por cierto que, seguramente muchos lectores de esta página ha visto el cortijo transformado en convento por exigencias del guión en “El Bueno, el Feo y el Malo”, la película de Sergio Leone. Urge aclarar que no se trata de un relato basado en la truculencia de los hechos, sino un alegato en defensa de la libertad de las mujeres; no fue, sin embargo, una feminista “avant la lettre”, no buscaba la superioridad de su sexo, sino la colaboración leal. No es la lucha de sexos, ni la enemistad con el hombre sino que la mujer desea colaborar con él y trabajar a su lado. Afirma inequívocamente en “La mujer moderna y sus derechos” conferencia dictada en los últimos años de vida.

            En 1932, tras sentirse indispuesta durante un acto, muere en su domicilio. Fue enterrada en el cementerio civil de Madrid. Sus restos biológicos, quiero decir; su obra y sus escritos quedaron eliminados de las bibliotecas. Lo más triste, lo que produce más sonrojo, es pensar que durante estos años de oscuridad y silencio sólo fue la amante de Ramón.

            María de la O Lejárraga es, a mi entender, un caso extraordinario en el universo de escritoras que usaron pseudónimo. Durante años firmó junto con su marido, Gregorio Martínez Sierra, todas las obras que éste publicaba. Olvidó su nombre para ser María Martínez Sierra, así firma su libro autobiográfico “Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración”, editado por Pre-Textos. En sus páginas ni un reproche  al hombre al que amó, por mucho que este sentimiento le exigiera renunciar a la íntima libertad de escribir por ella misma. En el fondo daba igual, María Martínez Sierra era quien escribía, aunque firmara su marido. Era la negra de un hombre que acabó abandonándola como suele suceder en algunas historias y, sin embargo, jamás hubo reproches. Para hacernos una idea de la grandeza de sus sentimientos es preciso leer las líneas siguientes: El perdonar supone haber juzgado, y ¿qué arrogancia intolerable es esa?. ¿Tu juez? ¡Ni de ti misma!. Me pregunto qué lleva a una mujer a seguir escribiendo para un marido que la ha abandonado. Seguro se encuentran tantas interpretaciones como personas conozcan el caso de Martínez Sierra, pero  intuyo que ninguna será cierta. La verdadera razón permanece cobijada en los sentimientos de una mujer de apariencia frágil, pero de enorme fortaleza moral, incomprendida y desconocida para la mayor parte del público hasta que Antonina Rodrigo publica María Lejárraga, una mujer en la sombra; pero hay que esperar a los primeros compases del actual siglo, para ver la publicación en España de “Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración”, que estuvo prohibida durante el franquismo y deliberadamente ignorada por la testosterona intelectual de aquellos años. No olvidemos que a la gran María Moliner se le negó la Real Academia por ser mujer. Sí, que nadie se asuste: en opinión de algunos provectos académicos había demasiadas mujeres en la institución, una más y la Real pasaría a gineceo.

            Tras años de silencio surgieron numerosos artículos sobre la figura de María y de Gregorio. Algunos prescindibles. Señalar al marido como dipsómano impenitente, putero, juerguista e inculto, constituye una lamentable torpeza, es conocida su capacidad como director y empresario teatral; fue un hombre que, hasta el final, vivió alentando proyectos no siempre afortunados, aunque a lo largo del medio siglo al que hace referencia el subtítulo de las memorias, el éxito profesional estaba asegurado. Éxito al que contribuye de manera especial Catalina Bárcena, la actriz que forma el tercer lado de un insólito triángulo amoroso hasta que, al quedar embarazada, exige a Gregorio que abandone a su esposa para vivir con ella y su hija recién nacida. Con la dignidad que la caracteriza, doña María marcha a París. Después a la costa azul. Es complicado conocer sus más profundos sentimientos, debemos recurrir a la confesión realizada nada más saber que su marido ha muerto: ¡Infeliz! Ha muerto sin realizar lo que tanto anhelara. Aunque hubiera vivido mil años, lo mismo sería. Ante la terrible noticia experimenta este sereno dolor, es su lema vital: nissi serenas. Ha sabido guardar en la memoria únicamente las horas serenas, porque (volvamos a escucharla) quien otras rememora y recuenta es un desdichado.

            Y uno se pregunta cómo pudo escapar al mordisco del rencor, no me refiero al abandono sentimental del marido, a fin de cuentas Gregorio, Catalina y ella conformaban un proyecto creativo inusual, seguramente escandaloso en su época e incomprensible en la actual sino del injusto silencio de quienes conocían la verdadera autoría de las obras firmadas por el matrimonio, entre ellos Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala o Manuel de Falla, éste sabía, sin género de duda, de quién procedían las directrices para el ballet de “El sombrero de tres picos” o “El amor brujo”; sin embargo se le niega, en nombre de la posible masculinidad ofendida, supongo, todo reconocimiento. Es más, Sainz de Robles asegura que la reinvidicación que ella intenta, está desprovista de buen tono, y aun de buen gusto. En otras palabras: no se reconocen ni su inteligencia ni su capacidad, ni haber paseado su serena inteligencia por la España más convulsa del pasado siglo; ella continúa escribiendo obras alejadas del tono dulzón de “Canción de cuna”. Entre sus últimos trabajos “Sortilegio” merece especial atención por la peripecia sufrida cuando Patricia W. O´Connor pretendió su publicación y tropezó con la dificultad legal del testamento legado por Gregorio Martínez Sierra a favor de Catalina y Catalinita, la hija de ambos, la cual era devota del Opus Dei. Tras la oportuna consulta a su director espiritual, este buen hombre, para evitar males mayores en las débiles conciencias del personal, consideró “escabroso” el argumento. En otras palabras: no se publicó. Inútil afirmar que se trata de un trabajo excepcional, en opinión de la crítica y en la que, según María, “había gastado toda su materia gris”.

            Martínez Sierra murió en Buenos Aires, a punto de cumplir los cien años (1974), sin dejar de trabajar ni un día, ni de experimentar la misma devoción por un marido cuya sombra la visitaba cada noche para ver lo que escribía. 

Fernán Caballero, es el pseudónimo escogido por Cecilia Böhl de Faber y Larrea, nacida en Suiza, la Nochebuena de 1796 y fallecida en Sevilla, en 1877.

            Recuerdo mi primer encuentro con Cecilia Böhl de Faber en el lejanísimo curso escolar de 1964, en la Academia Séneca, de Baena, mi pueblo. Para mí, como para otros compañeros, descubrir que tras un nombre tan masculino se hallaba (iba a decir “escondía”, pero me pareció excesivo), una mujer, fue, cuanto menos, sorprendente.

            Tuvimos conocimiento de su producción literaria, aunque no fuimos capaces de acabar “La gaviota”. Me confieso derrotado por su lectura. Lo digo con la pesadumbre de quien se considera un lector creativo según exigen Nabokov, Cortázar y Ray Bradbury; pero no he podido. Sus personajes me resultan planos e increíbles. Luego (este adverbio indica un lapso de muchos años), descubrí que, según la autora, la lengua española presentaba una manifiesta incapacidad para la novela. Quedé atónito, ¿Cómo era posible que una novelista en lengua española mantuviera semejante postulado?, aún hoy, no lo entiendo. Cabe pensar que desconocía “El Lazarillo de Tormes”, las “Novelas ejemplares” y el mismísimo “don Quijote de la Mancha”. Cabe pensar en un desconocimiento profundo, arraigado, de la cultura española formada, literariamente, por una bien conocida amalgama de culturas que la dotaron de leyendas y fábulas que, de verdad, parecen no tener fin.

            Ahí, terminó mi contacto literario con Fernán Caballero; sin embargo es la hora de recordar su lucha encarnizada en pos de la felicidad que el destino, tan uraño, se empeñó en negarle. Se consideraba española, pero escribía en francés para que después sus novelas se tradujeran al castellano. Fue, como se puede comprobar, un manadero de contradicciones: de una moral rigurosa, contrajo terceras nupcias con un hombre veintiún años más joven siendo viuda de un marqués (y en Sevilla…), cosa que, como sabemos, la sociedad no soportaba bien, ni soporta en la actualidad. ¿Cómo es posible que un joven pueda enamorarse perdidamente de una mujer mucho mayor sin que medien viles intereses?. Esto sí es machismo en su estricta acepción.

            No divaguemos, Fernán Caballero no tuvo éxito, se arruinó, incluso hubo algún autor que prohibió que le dedicara una de sus novelas. Hoy, desde el precipicio de la edad, deseo que mis palabras sirvan como desagravio a Cecilia Bölh de Faber a quien le prometo, bajo palabra de honor, que volveré a “La Gaviota” y que, esta vez, no tengo dudas, no caeré derrotado.

Manuel Fonseca

  • Las imágenes de Carmen de Burgos, María de la O Lejárraga y Fernán Caballero proceden de https://es.wikipedia.org/wiki/
  • La imagen de la madre de Manuel Fonseca tiene derechos de autor.
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