“El metro de Madrid”, de Francisco Villasante

La primera vez que entró en el metro de Madrid, le vino a la cabeza lo que a menudo le decía su padre: “La vida es como un metro, los que tienen suerte llegan hasta los 80 ó 90 centímetros”. En su mente, su padre, sastre de profesión, resonaba con voz de tenor y lo recordaba vestido pulcramente: corbata negra con rayas blancas y nudo Windsor, sin chaqueta y con un metro de costura alrededor del cuello italiano de su camisa cayéndole como una estola episcopal. Antes conoció el metro de Londres con su estribillo Main the gap y el de París con sus azulejos blancos que le recordaban al despacho de pan de su pueblo, tan cálido y fragante, al que se accedía siempre acompañado del suave tintineo de una campanilla que era desplazada por la hoja de la puerta cuando esta se abría; sin embargo, tardó mucho más en conocer el metro de Madrid en donde había estado de paso alojado en céntricos hoteles de cinco estrellas. Siempre había renegado del villorrio manchego (otra vez su padre entonando una de sus arias favoritas); por eso, Madrid era la capital de Europa occidental que menos le interesaba. No obstante, una vez desahuciado por el prestigioso y carísimo equipo médico de Boston, arribó a Madrid como un viejo y obsoleto petrolero con una endeble esperanza como bandera de conveniencia. En el macrohospital de La Paz, que tenía justo cincuenta años como él, encontró a un veterano oncólogo especializado en su dolencia que no tenía miedo al fracaso y que todavía no tenía que rendir cuentas ante ningún consejo de administración. Decidió alojarse, como casi siempre en el Hotel Palace o The Westin Palace como lo llamaba su padre y él mismo, “cuánto te pareces a tu padre”, decía su madre con amargura. Así que en la más odiada de las grandes ciudades que conocía iba a consumir los pocos decímetros de vida que le quedaban.

Su primer viaje al hospital, sin saber por qué, lo hizo en metro. Quizá fue porque cuando se disputa una prórroga, se deben probar nuevas jugadas. En el suburbano, se sintió como un entomólogo estudiando a una colonia en su propio hábitat. Allí empezó a apreciar lo que él consideraba un microcosmos insignificante. Allí observó cómo una mujer, con uniforme de empresa de limpieza, metía en vereda a dos niños que no paraban de correr de un lado a otro del vagón, ignorando las laxas advertencias de su madre. Muy seria les dijo que era de la policía y que si no se sentaban al lado de su madre, los iba a encerrar en un cuarto oscuro; entonces movió amenazante un manojo de llaves. La pequeña se puso a llorar desconsoladamente mientras su hermano le dedicaba una mirada compungida al suelo. Entonces la señora les dijo que era broma, y dirigiéndose a la madre le comentó que ella tenía uno de cinco años.

—¿Son mellizos?

—Sí. Y también tienen cinco años.

—¡Qué guapos! Sobre todo el niño. ¡Cómo son! Como no les puedes pegar, porque te denuncian… El mío va a lo suyo; fue a su aire hasta para nacer.

Se levantó y posó un beso en la frente de la niña, el cual tuvo la virtud de apaciguar sus sollozos y con una amplia sonrisa abandonó el vagón.

Allí escuchó conversaciones que le transformaron como la de un hombre de unos cuarenta y tantos años que decía: “Mi mujer tuvo dos abortos antes del tercer mes, y yo le comentaba, como el borracho y fracasado de Candilejas, la peli esa del Charlot, que solo hay una cosa que es tan inevitable como la muerte y que eso es la vida y ahora cuando la veo colmada abrazando a nuestro bebé de 11 meses no puedo parar de sonreír”; o como lo que contaba un señor mayor, con una sonrisa que le rejuvenecía, “Yo heredé un canario de mi madre a los cincuenta y cinco años, se llama Verdi, recuerdo a Verdi desde que tenía ocho o nueve años, tan cantarín y de un verde lustroso, pues bueno, no sé cuántas reencarnaciones patrocinó mi difunta madre, pero yo ya llevo dos. No, no te rías, no pienso parar, será que sigo la misma religión que ella”.

Cuando, al cabo de varios meses de viajar en metro al hospital, se entregó a la morfina y al resto de cuidados paliativos, llegó a la conclusión más importante de su vida antes de que todo se convirtiera en una sucesión de imágenes inconexas. Supo, antes del primer final, que lo que había conocido en el metro de Madrid era mucho más genuino que todo lo que había vivido rodeado de lujo y frivolidad. Y esa constatación le hizo agradecer esos últimos meses como un regalo del destino


Francisco Villasante

Del libro: “Hábitat o El viaje subterráneo”

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